Un día asqueroso, había tenido un día asqueroso; triste, rutinario y patético, en definitiva, un día lamentable. Cada vez odiaba más su inútil existencia. Realmente, lo odiaba todo: su trabajo de contable, su eterna soltería, sus inútiles masturbaciones, sus comidas bajas en calorías, los tíos feos que la abordaban en las fiestas, la visita semanal a sus padres, su timidez y, sobre todo, fumar cajetilla y media diaria de tabaco. Aún así, allí estaba, en su coche, encendiendo uno más, mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color. Y entonces ocurrió; en ese preciso instante. Giró la cabeza hacia la derecha y la vio, mirándola a través de la ventana.

Por la mañana llamó a la empresa para decir que no se sentía bien; quería tomarse el día libre. Se encontraba preparada para luchar contra su destino, escrito o no. Esta vez era diferente, lo había preparado todo con mucho mimo; ordenador encendido, silla cómoda, tabaco de sobra, café recién hecho, móvil desconectado y un argumento que peleaba por salir de su cabeza. Aun así, quería repasarlo una vez más: A Carlos lo habían trasladado hacía diez días a la nueva oficina. Esa mañana, al ir a desayunar a la cafetería de la esquina, pasó junto a una bonita casa en la que no había reparado los días anteriores. Al ver una de sus ventanas abiertas y, por mera curiosidad, miró hacía dentro y se sobresaltó. En el interior se encontraba una anciana que miraba fijamente hacia la calle; parecía que ni se había percatado de su paso junto a la ventana. Los días posteriores, Carlos estuvo observando el interior de la casa y, allí estaba, todos los días, sentada en la silla, mirando al exterior, como esperando que ocurriera algo o, quizás, que llegara alguien. Pasados unos días, Carlos decidió preguntar en la cafetería por la extraña anciana de la ventana. Allí todos conocían la historia. La anciana llevaba prácticamente toda su vida asomada a esa ventana. Desde que, apenas cumplidos los veinte años, el joven que la cortejaba cada tarde allí mismo fuera asesinado a golpes por su padre, debido una discusión acerca de ella, en el bar del pueblo. Y que éste, a su vez, muriera de un disparo efectuado por el padre del joven. Desde entonces, cada día, la anciana miraba a través de la ventana, como esperando algo, nadie sabía muy bien qué, porque nunca más había hablado. En ese momento, mientras encendía otro cigarrillo, mientras caminaba de un lado a otro del salón, mientras revisaba que todo estuviera preparado y mientras se hacía de noche, un escalofrío recorrió la totalidad de su cuerpo. Entonces, decidió repasar el argumento por última vez.

Su compañera le trajo el cortado de las nueve en punto de la mañana. Ella no había podido ir a buscarlo, estaba hasta arriba de trabajo. Su mesa, como siempre, limpia y ordenada, cada cosa en su sitio, a pesar de estar llena de carpetas de clientes, facturas de gastos y todo tipo de documentos contables. Tenía a su disposición todo lo necesario para su trabajo diario. Todo, excepto su cerebro. Su cerebro se quedó en casa, junto a la página en blanco, junto a las dudas, junto a los nervios, junto a los miedos, junto a la incapacidad de cumplir su sueño, junto a un buen argumento y junto a un título increíblemente genial: “La anciana que miraba a través de la ventana”.

Manolo Dauta Rijo

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