Pero es así; el ángel caído se convierte en pérfido demonio. Pero incluso ese enemigo de Dios y de los hombres tenía amigos y compañeros en su desolación; yo estoy completamente solo.

Mary Shelley

Hasta que llega el ataúd de pino, la soledad es la cama donde esperar la muerte. A veces, para algunos, un camino más que blanco, infinitamente aséptico y largo como la sed. Una autopista que se los va tragando hasta hacerlos invisibles. Nunca se sabe qué hay detrás, al otro lado. Ni siquiera se llega a conocer verdaderamente las paredes del cuarto propio, todas las grietas, cicatrices, los arañazos del tiempo en su piel. Del mismo modo, se vive ignorando casi todo de los cuerpos con los que nos tropezamos, incluso en los que se habita. Igual que la lengua es sólo un músculo que desconoce lo que dice.

Eran las tres de la madrugada cuando recibí la llamada de la policía. A pesar del susto debo decir que no fue del todo una sorpresa. Víctor F. había cambiado demasiado en los últimos meses. Apenas le veía ya. Ni yo ni creo que nadie. Menos aún desde que la editorial le permitió realizar todo el trabajo desde casa. Los vecinos no le conocían familia alguna. Alguien debía identificarlo, proporcionar, sobre todo, cierta información, y mi número estaba entre los primeros de su  agenda, simplemente. Ya en su piso todo fue rápido, apenas unas preguntas por su pasado y algún detalle de su vida actual. Aunque yo sabía bien poco.

El comisario y sus chicos llevaban allí unas cuantas horas estudiando la escena, pero sólo la autopsia podría desvelar la causa exacta de su muerte. Era evidente que había sido minuciosamente torturado. Desde las pestañas a cada una de sus uñas, todo había sido arrancado, golpeado, profanado. Además, un vaso y pastillas sobre la alfombra salpicada de semen, junto a cuchillas, hilo y un cenicero roto. Yo sólo pensaba en que a primera hora de la mañana debía tener mi mejor cara y la cabeza bien despejada para la asamblea trimestral. Pero, al llegar al coche tras despedirme de los agentes, algo me hizo permanecer en él esperando a verlos alejarse junto a la ambulancia avenida abajo, para penetrar entonces de nuevo en el edificio.

No es que estuviera impresionado aún por aquel cuerpo yerto, rígido, en off encontrado en mitad del salón y en el que ya sólo era posible adivinar una fisonomía conocida bajo la sangre reseca. Más bien era por algo nuevo, extraño, casi imperceptible, que me pareció haber visto en el piso. Por eso volví. Libros, carpetas, folios esparcidos por todos y cada uno de aquellos cincuenta y pocos metros componían el paisaje de su hábitat desde que lo conocí. Pero aquellos cachitos de papel aquí y allá, arrugados, apretados, que se asomaban desde debajo de algunos muebles despertaron mi curiosidad. Me sorprendió encontrarlos por todos lados, bajo la nevera, en el fondo de la tina, entre sus sábanas. Y al recogerlos y empezar a desenrollarlos uno a uno, vi que se trataba de recortables de cuerpos femeninos, otras veces sólo de fragmentos. Pude reconocer en ellos a alguna actriz, incluso a una  modelo, o algunos trocitos de éstas, pero la mayoría de aquellas figuritas eran copias de mujeres anónimas. Casi todas desnudas. Allá un pecho, en otro una pierna, en éste una oreja, aquí sólo un lunar. Hasta un ojo. No tendrían importancia unas bolitas de papel, pero me pareció peculiar.

Luego, sólo cuando apagué las luces y me disponía al fin a marcharme, reparé en que el ordenador aún estaba encendido. ¿En qué andabas trabajando…? Qué raro eso de llamarle ahora “amigo”, cuando ni en vida pudiera decirse que lo fuéramos. Miré tras la ventana mientras encendía un pitillo, pronto amanecería, un gato gris cruzaba la calle principal de aquel barrio tranquilo. Y a continuación, tras servirme una copa de coñac, me senté dispuesto a husmear entre sus archivos:

9 de septiembre, 2008

Ellas, en las que bebo, en las que incluso me derramo, no son más que nada. Ninguna mata este frío. Ni siquiera todas juntas pueden taponar el vacío que se abre en mi cama, que taladra mi pecho, por donde irremediablemente caigo, y me pierdo.

27 de octubre, 2008

Las teorías de ese tipo ruso me inquietan desde hace semanas. Apenas puedo dormir. Si el lenguaje creó otras esferas, otros espacios que sólo pueden verse con los ojos de las palabras, y si más tarde el invento del libro venció la limitación de la lengua al presente, cómo no ahora el mundo digital puede crear otros mundos…

15 de diciembre, 2008

¿Dónde está la realidad?  No existe ni el tiempo ni el espacio. Ya no hay límites. Si el hipertexto en el medio cibernético dialoga simultáneamente con otros múltiples textos, al tiempo de que es capaz de incorporar tablas, cuadros, imágenes… además permitiendo la reproducción infinita… Se abren, sin duda, insospechadas posibilidades.

7 de enero, 2009

Ella será la mujer perfecta, una nueva Eva para una nueva era. Para mí. Esto se acabará. Ya la toco con mis manos…

3 de marzo, 2009

Me estoy acercando. Hoy comienzo la labor de escaneado. La pantalla es una puerta al otro lado.

Pero no pude leer más que unas pocas líneas, justo hasta que una despampanante rubia se plantó de repente frente a mí, llegada desde no sé donde, como si se hubiera abierto la pared. Me miró unos segundos, rió escandalosamente haciendo gestos impúdicos y cuando pude reconocer en sus labios los de una actriz de moda, en el color de sus ojos los de aquella exótica modelo, en sus pechos los de la vecina del tres… ya había desaparecido tras un portazo. Salí al pasillo. Ni rastro. Se habría arrojado a las escaleras. Sólo la ventana entreabierta golpeaba. No tuve tiempo de comprobar nada, pues empecé a oír un abrir y cerrar desacompasado de roperillos y cajones en la casa, acompañado del descorrerse de armarios y cortinas, de la precipitación de libros y cedés de cada una de las baldas de las estanterías. Entré. Desde todos los rincones saltaban, brotaban, aparecían mujeres exactamente iguales a aquélla, que me miraban, y también se reían, mientras danzaban como locas…

Ignoro cuántas horas estuve corriendo. Primero creí que sólo había sido un mal sueño, que la noticia, la visión del muerto me había alterado, pero a los pocos días supe por la prensa cómo la policía había descubierto el cuerpo del solitario Víctor F. Aquella noche decenas de llamadas anónimas llegaron desde distintos puntos de la ciudad. Todas con una misma metálica voz de mujer.

El insomnio persiste a pesar de los meses de sanatorio y las tabletas de mirtazapina. El crimen sigue sin aclararse. Por eso temo quedarme dormido, que mi cuarto sea invadido por una jauría de muñecas de papel que intercambien mis brazos y piernas por los de cualquier muerto, mis uñas por las de una rata podrida o sustituyan mis ojos por los de un gato gris, mi pelo por un trozo de alfombra vieja y mi miembro por el cuerno de un unicornio.

Nayra Pérez Hernández

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