UNO

La mujer entró sin llamar, segura, firme. Envuelta en un espeso abrigo de piel de nutria. Me incorporé antes de subirme la bragueta. Ella se detuvo frente a mi mesa mirándome fijamente la entrepierna.

-El señor Cardo, supongo –dijo fríamente.

-En efecto, pero usted puede llamarme Rick –contesté tratando de disimular mi turbación.

-Tengo un asunto que proponerle –continuó ella sin prestarme atención, y se quitó el abrigo, que era toda su vestimenta. Lo tiró a un lado, luego se sentó en la silla de los clientes. Al posar el culo tuvo un leve gesto de disgusto, por el frío del asiento. Se echó hacia atrás y cruzó las piernas-. Mi marido ha desaparecido. Quiero que lo busque. Completa discreción. Es un político muy conocido.

Entonces la reconocí, era la mujer de S. que en la legislatura pasada había sido vicepresidente. Desde las últimas elecciones, a las que no se había presentado, había dejado de oírse su nombre.

-¿Cómo sabe que ha desaparecido? –comencé a interrogarla utilizando un sobrio tono profesional.

-Porque no está –contestó ella como un carámbano.

-¿Ha recibido alguna nota, han reñido últimamente, tiene algún lío por ahí? –continué.

-No, no, quién sabe –respondió; y anoté minuciosamente sus respuestas.

-Bien, ya tengo suficiente. Deme una semana. No me llame, la llamaré yo. Mi tarifa son tres mil, al final del trabajo. Más gastos que incluyen taxi, café, un tentempié a media mañana, sobornos, y asuntos varios.

La mujer, tranquilamente, extrajo una chequera de no sé donde y la tiró sobre la mesa.

-Anote lo que haga falta. Devuélvame el cambio. No necesito factura –todo esto lo dijo mientras se levantaba, recogía el abrigo y se lo ponía. Yo me levanté también para despedirla. Otra vez el faldón de la camisa me asomó por la bragueta. Lo metí dentro, cerré y le tendí la mano, pero ella ya estaba del otro lado de la puerta acristalada. Su sombra difuminada se alejaba hacia el fondo. Oí el motor del ascensor. Luego todo volvió a quedar en silencio.

DOS

El despacho de mi cuñado en el partido es dos veces la superficie de mi oficina. A la derecha según se entra tiene un sillón cama y a la izquierda un mueble bar oculto detrás de una estantería cubierta de libros. Si sientes la curiosidad de leer Todo lo que siempre quiso saber sobre la pesca del coltán negro, descubrirás el resorte secreto. Allí  esconde el güisqui de calidad que reserva para los ministros. A mí me convida con un coñac barato que manda comprar en el Veinticuatro Horas y que guarda en un cajón de la suntuosa mesa.

-Dicen que S. ha desaparecido.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque no está.

-Es cierto. También ha desaparecido parte de la caja del partido.

-¿Para qué quieren solo parte de la caja? Se le va a caer todo por fuera.

-Ese está chocheando, a nadie le importa.

-Su mujer me ha contratado para buscarle.

-Ella no quiere encontrarlo. Solo asegurarse de que ha desaparecido.

Debajo del sillón cama había un pelo de nutria. La limpieza aquí no debía de ser muy escrupulosa. Mi cuñado volvió a servirme más coñac.

-¿Tú no bebes? –inquirí, malicioso.

-Estoy de servicio – dijo, y lo acompañó con un gesto de asco.

-Pues usa esto para abrillantar el piso –me levanté y salí por la puerta.

Ya en la calle me sonó el teléfono. No lo cogí, me aburre hablar por teléfono. Pero me fijé en si dejaban mensaje.

“¿Señor Cardo?, necesito verle. Una amiga común me ha hablado de usted. Quiero que trabaje para mí”.

Era una voz muy afectada. Yo diría que de una mujer algo mayor. Parecía preocupada. La llamé.

-Mi nombre es Cardo, Rick Cardo. Usted me acaba de llamar.

-Mi perrita “Laqui” se ha perdido. Necesito que usted me la busque.

-Señora…, yo no…

-Le pagaré bien, mil euros, si me la encuentra. Más los gastos que pudiera ocasionarle, por supuesto.

-Por supuesto. ¿Puedo verla ahora mismo? Necesitaría unos datos.

-Vivo en Ciudad Jardín. Calle del Loroloco número cinco.

-Estaré allí en veinte minutos.

Había dejado la bicicleta amarrada a una farola. Algún gracioso me había robado el sillín. Tuve que ir todo el tiempo pedaleando de pie.

TRES

La vieja vivía en una mansión descomunal. El jardín ocupaba prácticamente media calle. Pulsé el botoncito y una voz de hombre algo gangosa me preguntó.

-Soy el señor Cardo. La señora me ha telefoneado.

La voz no respondió. Esperé un ratito. Luego volvió a hablar.

-Espere un momento.

-Eso ya lo he hecho.

-¿Cómo?

-Ya he esperado. ¿Qué hago ahora?

Conseguí confundirle. Con un tono indeciso dijo “ahora le abro”.

En efecto, la puerta se abrió. Se trataba de un enano que me miró con cierto rubor. Inmediatamente se dio la vuelta y comenzó a andar hacia la casa. Le seguí.

Me llevó hasta una sala.

-Espere aquí

Era una sala amplia y bien iluminada. La luz entraba a baldes por un enorme ventanal apenas cubierto por unas vaporosas cortinas. Una amplia alfombra cubría el suelo. Y, sobre ella, un sofá tomaba el sol. El resto eran unos muebles pegados a la pared y multitud de cuadros. Sobre uno de los muebles se acumulaban botellas y vasos. Me acerqué a curiosear.

-Puede tomar lo que quiera –dijo una voz a mis espaldas. Me giré. Era una vieja muy coqueta envuelta en un vaporoso salto de cama que dejaba ver todo lo que cubría. Decidí tomarme un güisqui.

-Esta es mi perrita –me mostró una foto que colgaba en una de las paredes. En realidad casi todas las fotos que había eran de su perrita. Su perrita con ella, su perrita con el rey, su perrita con el presidente del gobierno. Su perrita con la marquesa del Sauzal, su perrita con S., ex vicepresidente del gobierno.

-Veo que su perrita conoce a mucha gente.

-Si, es una perra muy mundana –y mientras decía esto me miraba adoptando lo que ella debía pensar que era una pose muy seductora. Acabé el güisqui.

-¿Puedo? –pregunté señalando al vaso.

-Por supuesto –respondió ella. Empecé a masticar el vaso.

-¿Cuándo desapareció su perrita? –pregunté adoptando un aire profesional y saqué un lápiz y una libretita de notas que siempre llevaba conmigo.

-No la vemos desde ayer, que salió a hacer pipí.

-¿La dejan sola cuando va a hacer… sus necesidades?

-No necesita ayuda para eso, ¿no cree señor investigador? –otra vez esa actitud a lo Marilyn devastada. Eché otro mordisco al vaso.

-Y bien –intenté desviar su atención, tal vez probarla–, si no ha vuelto es posible que… ya me entiende. Hay maleantes por ahí que utilizan los perros como… bueno, los entrenan para pelear y…

-¡Oh, por Dios, no siga! ¡Qué desagradable! –Y, maldita sea, cruzó las piernas-. El caso es que mi pequeñita llevaba un collar… muy valioso.

Entonces me fijé de nuevo en las fotos y, en efecto, el collar de la perrita brillaba hasta herir los ojos. Ahora comprendía el interés tan desinteresado de la vieja.

-Me encargaré del asunto. No me llame. Yo la llamaré a usted –Y me puse en pie un poco impulsivamente. En ese instante apareció el enano.

-Walter le acompañará a la puerta –dijo ella. Walter vestía en este momento unas tiras de cuero negro que apenas le ocultaban nada. Preferí seguirlo antes que precederlo.

Ya en la calle eché un vistazo por los alrededores. El nombre de la calle me resultaba vagamente conocido. Saqué mi libreta, revisé mis notas y confirmé: no tenía ni idea. Pero entonces, a lo lejos, vi salir de una casa a la mujer de S. y meterse en un coche, que ese sí que lo conocía: era el de mi cuñado.

CUATRO

Mi hermana siempre ha sido muy estirada. Desde que se casó con ese tipo se había vuelto insoportable. Él tampoco procede de buena familia. Todo lo que ha conseguido ha sido por sus propios trapicheos; lo que ha robado, mentido y engañado para llegar hasta donde está lo ha hecho por sí mismo. Ir a su casa para decirle que su marido la engañaba me proporcionaba un particular placer.

Llamé dos veces y oí la voz de la vieja empleada.

–¿Quién es?

–Soy el cartero, ¿o no ha oído que he llamado dos veces?

–¡Oh, qué bien! –dijo– Voy a ir despejando la mesa de la cocina.

Solo imaginar a aquella mujer tumbada sin ropa sobre la mesa de la cocina desalentaba. Cuando encontré que, en efecto, allí estaba, me sentí espantado. Pero no me arredré.

-Lo siento, he dicho una mentirijilla. ¿Está mi hermana?

Mientras se volvía a poner su bata, desilusionada, me indicó con la cabeza que pasara al salón.

Justo entraba yo cuando mi hermana salía del baño con solo una toalla cubriéndole el pelo.

-¡Hermana, cuánto tiempo!

-Ya viniste ayer a pedirme dinero, ¿no te acuerdas? –ni siquiera me miró.

No quise andarme con rodeos.

-¿Sabes que tu marido te engaña?

-Algo le he oído mencionar a alguno de los tipos con los que me acuesto para consolarme –desvió el golpe con indiferencia mientras se encendía un cigarrillo. Para recalcar su respuesta, un tipo vestido de tenista cruzó el salón, se despidió educadamente y salió por la puerta principal.

-Parece que se trajina a la mujer de S. –dejé caer, ya sin esperanza de sorpresa, a ver qué salía. Mi hermana iba cada día al Club y aquello era una fuente de información más completa que Internet.

-Puede ser, se oye decir que su marido ya no la atiende.

-Pues ha desaparecido –insistí buscando su interés. Algo logré: detuvo la emisión de humo y por fin me miró.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó curiosa

-Porque no está. Lo estoy buscando.

-En el club se comenta que está chocho. Por lo visto se ha aficionado a los perros. ¡Ejem!… En concreto, a uno.

-¿No será uno con pinta de peluche muy mono, con un collar de diamantes que podría evitarme la desagradable vista de tus muslos durante muchísimos meses?

-¡Qué desagradecido eres! –escupió con desprecio- ¿A qué club te crees que va la marquesa a estirar sus carnes?

-Bueno, como vengo en la guía, pensé… -Ahí sí que me había pillado. Mi hermana preocupándose por su descarriado hermanito.

-Estúpido –puntualizó por si yo no lo había pillado.

-Bueno, me voy. ¿Por cierto, tu marido tiene bicicleta? –pensé que a él no le importaría hacerme un préstamo.

-No lo sé, mira en el garaje –dijo mientras se dirigía a su habitación. Se despidió alzando una mano y señalando una puerta al fondo. Aún conservaba un buen culo.

Salí de la casa con un sillín nuevo y una excelente información. Con el sillín sabía qué hacer.

CINCO

Llamé a mi compadre Pacho, que trabaja en la policía hace muchos años. Lleva limpiando aquellas dependencias desde que se instalaron en aquel local de La Naval. Atendían a pequeños delitos y problemas de desorden público. El tipo esta siempre enterado de todo lo que pasa. Conoce a toda el hampa de baja estofa del puerto. Porque toda ella ficha allí todos los días. Y como él es el único “limpia”, se pasa media vida en aquellas oficinas. ¡Y cómo le gusta el ambientillo!

Él fue el que me informó de que habían pillado a una putilla con un collar de diamantes. Se paseaba por las calles vestida solo con aquel collar. La putilla insistía en que se lo había regalado un tipo con un perrito blanco “muy mono”. Habían tomado habitación en una pensión en donde ella iba a trabajarse algunos emigrantes. La policía fue a la habitación y encontraron al tipo follándose al perro. Al parecer estaba sin identificar. Bastante demacrado. Si era mi caso, tenía mucha suerte de que no le hubiesen reconocido. Me acerqué hasta las oficinas y hablé con el policía.

-Hola. Mi nombre es Cardo, Rick Cardo. Creo que ustedes han encontrado a mi perrito –El poli nunca había visto una identificación de detective privado y se quedó mirándola un rato.

-Nunca había visto uno de estos, ¿es de verdad? –me miró desconfiando.

-Si, hombre, está firmada por su jefa. ¿Ve? “Carolina D.”, su jefa –le señalé instructivamente.

-El perro ha sido llevado a la perrera. Está un poco maltrecho. Tendrá que llevar su documentación –volvió a recuperar su actitud profesional.

-Además, ese collar… Bueno, alguien puede probar que es suyo.

-Eso tiene que hablarlo con la jefatura. Es un asunto de alto rango. El collar valía una pasta. ¿De quién es? –preguntó curioso.

-Secreto profesional.

Me aparté a un lado y llamé a la vieja. Le expliqué la situación. Ella dijo que mandaría al enano. Le di mi número de cuenta para que me ingresara la pasta. No se me apetecía mucho volver a aquella casa.

Después llamé a la señora de S. Me contestó mi cuñado. Le expliqué el asunto. Después de un rato escuchándome, dijo:

-¡Ay!, que me haces daño, no muerdas –y luego  a mí:- ¡Vale, vale, ya me hago cargo! –y colgó.

Me quedé preocupado porque no había podido mencionar lo de mi factura. Luego me acordé de que sobre la mesa del despacho tenía la chequera. Corrí a la bicicleta.

Ricardo Pérez

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