A la entrada de la casa, lo primero que uno se encontraba, después del zaguán desnudo y la puerta de cristales era el jaulón de mimbre con el pájaro negro. La vieja era la única que lo llamaba por su nombre, Morraco, y la que se ocupaba diariamente de él. Todos los demás que vivían en la casa: la hija Luisa, su marido Juan y los nietos Andrés y Luis, lo llamaban “el cuervo”, aunque no lo era. Se trataba de una clase de loro, de gran tamaño, ojos oscuros y plumaje negro y brillante, a pesar de la edad. Andrés recordaba haberlo visto siempre en la casa, desde que él era pequeño, y ahora tenía quince años. La jaula del cuervo iniciaba la entrada a un salón enorme, siempre en penumbra, repleto de muebles antiguos y recuerdos. Había turbias fotos en blanco y negro de personas que se perdían en la memoria genealógica de la familia. Andrés no sabía realmente quiénes eran, pero intuía que la familia había sido grande y que el carácter de la vieja había dejado su rama en un otoño perpetuo, con solo cuatro hojas: sus padres, su hermano y él mismo.

De los muebles del salón destacaba el sillón de orejas de la abuela, de color vino, con motas negras, dónde pasaba la mayor parte del día leyendo a duras penas, debido a la falta de luz, un librito religioso. Siempre el mismo.

Desde pequeños, Andrés y Luis temían al pájaro. Cuando hacían algo que disgustaba a la abuela, ella los llevaba delante de la jaula y los obligaba a mirarlo a los ojos. Les decía que Morraco estaba enfadado por lo que habían hecho, y el animal, de una manera que Andrés pasado incluso el tiempo, no acertaba a comprender, comenzaba a aletear y chillar. Sólo paraba con un gesto de la abuela, que metía su índice reseco entre dos mimbres. El animal acercaba la cabeza sumisamente. Después la vieja encerraba con llave a los niños en sus cuartos un par de horas. Solo entraba un poco de claridad por los postigos.

A estos castigos, los padres no tenían nada que decir. Luisa sintió pena por los niños alguna vez, pero nunca llegó a expresarlo. Juan, el padre, estaba ausente, incluso estando en la casa. Las horas libres que le dejaba su trabajo en la tienda de libros los empleaba en pasear solo por la ciudad. Andrés recordaba haberlo encontrado por la acera contraria, a la vuelta del colegio y simular que no se habían visto, o saludarse dándose un beso con la formalidad de dos conocidos. En casa, el padre se encerraba en su alcoba, con periódicos y libros, fatigando el tapizado de un sillón mucho más modesto que el de la vieja.

Andrés y Luis tenían la luz del sol en la azotea. Allí jugaban y tenían sus cosas. Luis tenía un carácter algo rebelde y, a escondidas de la vieja, le decía a Andrés cuánto odiaba al cuervo. No se atrevía a usar esa palabra para la vieja, pero intentaba que su hermano le confesara que él tampoco la soportaba. Andrés la respetaba demasiado. Cambiaba de tema cuando Luis hablaba de ella.

Una mañana, unos días antes de que Andrés cumpliera quince años, la abuela no se levantó a su hora. Se había puesto mala del estómago. A trancas y barrancas, llegaba al sillón y no tenía fuerzas suficientes para andar con su librito. Solo una cosa seguía haciendo: dar de comer al pájaro, que también empezaba a parecer enfermo. Un médico del barrio aconsejó que la llevaran al hospital pero ella no quiso. Por fin, días más tarde una ambulancia se la llevó.

Luisa se ocupaba durante casi todo el día de su madre y también pasaba las noches con ella en el hospital. Andrés recordaba aquellos días como los más felices junto a su padre que, torpemente, preparaba la comida para los tres y se ocupaba de las otras tareas de la casa. Nunca lo había hecho y esto daba lugar a torpezas graciosas. Con el ajetreo nadie, excepto Luis, se acordaba del cuervo. Cada día estaba más apagado porque no le estaban dando de comer.

Luisa llegaba por las mañanas con las noticias: la abuela empeoraba cada día. Los médicos habían diagnosticado una enfermedad no demasiado grave, pero su viejo cuerpo no era capaz de aprovechar el tratamiento.

A la noche, mientras cenaban, Luis les recordó que desde la marcha de la abuela no le habían dado de comer al cuervo. Rieron juntos. Rieron cruel y mezquinamente, inclinados sobre los platos de fabada de lata. Parecía la sentencia al puto cuervo.

Pero Luisa se dio cuenta y le puso de nuevo sus semillas, ante el fastidio disimulado de los tres. Entonces, justo al día siguiente, Luisa llegó muy contenta del hospital contando que la abuela estaba mejorando.

Esa tarde los chicos se quedaron solos en casa. Juan estaba en el trabajo y Luisa en el hospital. Andrés bajó corriendo de la azotea cuando oyó los gritos desesperados del cuervo, estridentes, agudos, insoportables. Luis estaba luchando con el animal en medio del pasillo. Este aleteaba, le destrozaba la ropa a picotazos y le clavaba las garras donde podía. Hasta que por fin Luis le sujetó la cabeza con una mano y atenazó el cuerpo del pájaro con el otro brazo. Le giró la cabeza varias vueltas y el animal continuó unos segundos aleteando sin control, ya mudo. Los hermanos, asustados,  sin decirse nada, recogieron el desorden. Había plumas negras por todas partes, algunas gotas de sangre en el suelo y varios adornos de loza destrozados por el piso. Andrés ayudó a su hermano a quitarse la camiseta rota y limpiarse las heridas de los picotazos.

Al rato sonó el teléfono gris. Los dos chicos se acercaron y Luis lo cogió. Al otro lado Luisa preguntó por papá. Le contestó que todavía no había llegado del trabajo. Luisa no pudo aguantar más y se echó a llorar. Luis agarró el teléfono con las dos manos, sin saber qué decir. Andrés pensó que ya nunca volvería  a jugar con su hermano porque había dejado de ser un niño.

Juan José Rodríguez Barrera

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