Pasaba de los sesenta años cuando le ocurrió lo del ordenador. Tenía la suficiente experiencia laboral para que nada ni nadie pudieran sembrar confusión o trastornarle la vida y estaba contento manteniendo dicho equilibrio. Vivía en un pequeño piso rectangular en el centro, que medía tres metros de ancho por cuatro de largo. Este pequeño espacio daba cabida a una cama confortable con su mesilla, una silla y su mesa correspondiente, una pequeña cocina, un lavabo y un retrete. Se sentía seguro, protegido de las desagradables sorpresas que pudieran acontecer a su alrededor. Cada mañana se levantaba temprano y tras asearse, afeitarse, desayunar frugalmente y vestirse, se dirigía a su trabajo. Era maestro. Los estudiantes lo respetaban y él se sentía feliz con su rutina año tras año viviendo tranquilo, solo y satisfecho.

Una mañana de otoño, recién estrenado el curso, introdujeron en su vida un artilugio extraño: el ordenador que quebraría su rutina y cambiaría el rumbo de su vida. Él siempre había dado sus clases escribiendo en la pizarra desde hacía al menos treinta años y creía fielmente que esa era la mejor forma de hacerlo. Sus alumnos prestaban atención siguiendo cada una de sus explicaciones e incluso, se ofrecían a borrar el encerado. Acababa de iniciar su lección cuando el director de la escuela interrumpió en la clase para anunciar que a partir del día siguiente todos los alumnos tendrían ordenador y que el profesor debería ofrecer sus explicaciones a través de él.

Don Pedro ―que así se llamaba el maestro―, comenzó a sudar. Ante él se presentaba un aparato inmundo que no sabía manejar. Su destreza de años de experiencia se iría al traste y todos sus avezados alumnos se darían cuenta de su debilidad…. ¡Ni siquiera sabía cómo se encendía! Su cabellos se erizaban de puro miedo y tuvo que salir de clase con la disculpa de una llamada importante que tenía que hacer a esa hora.

Una vez en el baño, se encerró dando vuelta al pestillo y, sentado, pensó que iba a tener un infarto o un colapso circulatorio, al fin y al cabo se encontraba en esa edad crítica en la que cualquier disgusto podría ser grave. Imaginó que empezaría a sentir una opresión y un dolor insostenible en el brazo izquierdo ―esos eran los síntomas que su vecino le había descrito cuando tuvo el infarto― o bien que caería fulminado sin conocimiento. Obviamente nada de esto ocurrió y poco a poco, el corazón volvió a latir con normalidad y no le quedó más remedio que volver y continuar con la clase. Sin embargo, don Pedro no pudo quitarse de la cabeza multitud de pensamientos caóticos alrededor del ordenador.

Al día siguiente llegó a clase tras su rutina y encontró el maldito aparato en cada pupitre y en su mesa. Se acercó y recorrió con sus ojos las aristas de la pantalla rectangular. Le pareció que se clavaban en su memoria como clavos ardiendo para dejar una cicatriz que supuraría durante mucho tiempo. Suspiró deseando que todo fuera un mal sueño. Miró el reloj, apenas quedaban cinco minutos y él no sabía nada de ordenadores. ¿Qué iba a responder cuando sus alumnos le preguntarán como se guardaba un texto? ¿Y qué pasaría si un archivo se pierde? ¿Cómo se cambia el tamaño de una letra o cómo se pega una foto?… Y aún peor: ¡Internet…! ¡Maldita sea! Estaba a punto de jubilarse y hasta ahora todo su vida había transcurrido sin altibajos, ¿por qué tenía que enfrentarse a estas alturas a un nuevo reto? Él sólo quería vivir dentro de ese mundo monótono que había creado durante años y en el que se sentía totalmente seguro.

Los minutos pasaban y los alumnos comenzaban a llenar de hilaridad el espacio de la clase. Nuevamente el sudor comenzó a recorrer su anatomía marchita acumulándose multitud de gotas sobre su frente. El picor comenzaba a ser insoportable, pero don Pedro permanecía estático en la posición de siempre: de pie y en el lado izquierdo de la pizarra. Nadie podía darse cuenta de su terror. Las piernas le temblaban y el pecho estaba a punto de estallar. Se tambaleaba lentamente de un lado a otro, de forma prácticamente imperceptible hasta que calló. El estruendo hizo callar a los alumnos. Todos miraron en dirección al profesor y gritaron: ¡Don Pedro, don Pedro!, ¿qué le pasa?… Llegó el conserje y luego la ambulancia. Las sirenas resonaron en los oídos de todos durante los meses que don Pedro estuvo ingresado. Nadie sabía qué le había pasado, ni siquiera si estaba enfermo previamente, pero sus alumnos fueron a visitarle cada día al hospital mientras permanecía en coma. Se turnaban para hacerle compañía y hablaban sobre el joven profesor que le había sustituido y que hábilmente les enseñaba las lecciones junto con el funcionamiento del ordenador y el fantástico mundo virtual de Internet.

El tiempo pasó y con él llegaron los exámenes. Agobiados, llevaron sus portátiles al hospital. Don Pedro parpadeó por primera vez desde hacía meses. Las semanas siguientes la mejoría se fue haciendo cada vez más evidente. Los médicos no encontraban explicación a dicha circunstancia, pero se mostraron entusiasmados. Los exámenes terminaron y los alumnos comenzaron a jugar con el ordenador en la habitación de don Pedro.

Pasó el periodo estival y comenzó el nuevo curso con nuevos niños. En los pupitres, los ordenadores. En la mesa del profesor, una enorme pantalla plana de 25 pulgadas de color metálico con pantalla táctil y en la izquierda de la pizarra, don Pedro, recuperado y rejuvenecido. Estando enfermo había acumulado la suficiente experiencia para que nada ni nadie pudieran trastornarle o sembrar confusión en su vida. Ahora dominaba el arte de la informática gracias a su mente comatosa que absorbió cuanto pudo de sus alumnos mientras lo visitaban… Nuevamente vivía, sin miedos.

Mar Caballero

Anuncios