Fue en ese instante, mientras se incorporaba, justo antes de que lo devorara la máquina que aullaba a su espalda, cuando los acontecimientos de los últimos años adquirieron un nuevo sentido para él. Como por instinto, dirigió su mirada hacia las montañas que presidían el horizonte, más allá de la avenida atestada de vehículos, con el ansia de un explorador infatigable que deseara encontrar allí el nuevo destino de sus pasos, y trajo a la memoria el encuentro, lejano ya, con aquellas viejas hojas de papel que acababa de recuperar del asfalto.

La atmósfera era densa en el interior del aeropuerto, un descuidado pabellón anclado entre la vegetación. Sólo unos pocos se encontraban esa mañana en su sala principal. Los escasos turistas, a la espera de embarcar en el único vuelo del día, habían buscado refugio, arremolinados, junto al ventanal que se abría a la selva en la que luchaba por hacerse un hueco la pista de aterrizaje. En el lado opuesto de la estancia, tras el mostrador de facturación, un empleado y el policía encargado del control de los pasaportes compartían, callados, el flujo de aire de un pequeño ventilador que sumaba su zumbido al de las moscas.

Familiarizado con los rigores del trópico —no era la primera vez que visitaba la ciudad, pues, por aquel entonces, la empresa tenía un vivo interés en expandirse por la zona—, había decidido renunciar a su cuota de aire fresco a cambio de un asiento en un rincón solitario, en el que poder descansar sin apreturas. Cuando se acostumbró a la penumbra del lugar que había escogido, quiso identificar aquel espacio, miró a su alrededor y, entonces, las vio. En el mismo banco, un poco más allá de donde él estaba situado, se encontraban, desordenadas, unas hojas de lo que parecían ser los restos de un periódico.

Ahí debió haber quedado todo —se dijo a sí mismo—, en algo que ni siquiera alcanzaba la categoría de una anécdota, pero a veces los hechos más triviales adquieren una trascendencia en nuestra vida que no podemos explicar.

Él fue el primer sorprendido cuando, ya a bordo del avión, localizó en el interior de su maletín aquellas hojas. Sus dedos se toparon con el papel basto, de tacto rugoso, cuando quiso extraer el informe que había elaborado sobre la evolución de las ventas, aunque ya antes su olfato había intuido el olor penetrante de la tinta. Desde entonces, no había dejado pasar un sólo día sin preguntarse por qué no podía recordar un movimiento de su cuerpo, un ademán, un simple pensamiento que pudiera dar sentido a la presencia del periódico entre sus manos.

Tras el desconcierto inicial, rechazó las hojas depositándolas en la bolsa situada en el respaldo del asiento de la fila delantera, y decidió refugiarse en la corrección del informe que debía presentar. No le fue fácil. Una y otra vez, sus ojos, con la complicidad de su curiosidad, se escaparon, inquietos, más allá del anodino escrito, en busca de aquella seca pasta de celulosa que, a pesar de su ajada apariencia, dejaba traslucir exóticos encantos. En una de esas idas y venidas, su mente mostró interés, sin embargo, por algo que aquellos habían captado: un dato, una pequeña dosis de información —cuya importancia se revelaría unas horas más tarde—, se había filtrado desde el extremo del periódico que asomaba de la guantera. Él, ajeno a este proceso, logró al fin enredarse, hasta el momento en que el avión tomó tierra, entre los cuadros, las tablas y los gráficos que había repartido a lo largo del documento.

Cuando llegó a la oficina a la mañana siguiente, el director del departamento ya le estaba esperando. La noche anterior lo había llamado por teléfono. «Sea puntual, por favor. A las diez tengo la reunión, y quiero acudir con una propuesta concreta. ¡Ah, y no se olvide del informe!». Y allí estaba, a primera hora, en su propio despacho, ante su mesa. No cabe duda de que el tema es importante     —pensó, con un asomo de intranquilidad, mientras daba los buenos días.

-Veo que ha aprovechado el tiempo ―dijo cuando terminó de leer el informe-. Ha hecho usted un buen trabajo; le felicito. Estaría encantado de que me acompañara a comer —añadió con cordialidad-. Invito yo, se lo debo.

Se levantó del sillón. «Siento irme tan pronto —se disculpó—, pero he de regresar a mi despacho, aún tengo que terminar algunas notas». Le estrechó la mano y, mientras se dirigía hacia la puerta, apuntó: «nos vemos al mediodía; no hay excusa que valga. Le llamará mi secretaria». Bajo el umbral, el director dudó un momento, y se volvió hacia él. «Me gustaría oír su opinión —afirmó convencido-. Algo me dice que no debo dejar pasar la oportunidad de escucharle; usted conoce mejor que cualquiera de nosotros, y además, de primera mano, aquel país… Seguro que ha sacado sus propias conclusiones». Se quedó callado y, después de unos segundos, insistió, con un tono que inspiraba confianza: «Adelante, se lo ruego».

Para esto no estaba preparado. Lo último que podía imaginar era que le fueran a pedir su opinión sobre los planes de expansión de la empresa. En cualquier caso, debía ofrecer una respuesta cuanto antes, y mejor si era coherente, pero ¿qué decir? Alguien, por primera vez, confiaba en su capacidad y en su valía, y no podía permitirse un fracaso. «Pues, yo creo…», balbuceó, porque necesitaba rasgar aquel silencio de la espera que le oprimía el pecho. Ante su mente se mostraba un tapiz de contornos difusos cuya escena no lograba identificar. Las ideas que vagaban por su cabeza, sucediéndose unas tras otras, le ofrecían una visión de conjunto de la cuestión, pero no lograba entrelazar aquellos eslabones sueltos.

De repente, sin pretenderlo, de forma casi automática, se encontró afirmando que la principal empresa del país pronto entraría en bancarrota, que su situación financiera era muy delicada. «¿De dónde he sacado esta idea tan descabellada, que tanto me compromete?», se preguntó a sí mismo. Lo había leído —eso es lo que dijo, como recordaría después. Esa fue la expresión que utilizó. «Lo… lo he leído, sí». No sabía precisar dónde, pero lo había leído. Aunque de momento era sólo un rumor —apuntó incluso—, los círculos más cercanos al poder le daban mucho crédito.

Unas semanas después, su vaticinio se confirmó. El rumor inverosímil se transformó en noticia de portada y su empresa, que había podido adoptar con antelación las medidas necesarias, logró absorber a su principal competidora, y se convirtió en líder del sector en el país. Pronto se vio recompensado con un ascenso, y más tarde llegó a ocupar el puesto de director del departamento, por recomendación de su propio jefe, cuando este se jubiló al cabo de unos pocos años.

Desde aquella entrevista, no se había separado del periódico. Al principio le costó admitir que estaba en deuda con aquellas páginas, y se rebeló, herido en su orgullo, contra los indicios que le demostraban que aquel éxito no era obra suya en exclusiva. Se creyó expoliado, ultrajado, y se sumió, en ocasiones, en la ira. A punto de ver reconocidos sus méritos después de tanto esfuerzo y dedicación, debía compartir con un furtivo, con un advenedizo de última hora, la recompensa que él solo creía merecer.

Tras los accesos, se sucedieron períodos de profundo abatimiento cuando, rendido finalmente, hubo de admitir sin ambages la realidad de los hechos y su propia mediocridad. Para sacarlo del abismo en que cayó, de su estado de postración, acudieron en su rescate —¡qué paradoja!— las mismas hojas ladinas. Esa fue su perdición. Al aferrarse a ellas como única tabla de salvación, guiado por el deseo de alcanzar el refugio seguro de los nuevos éxitos que prometían   —sintió lástima y vergüenza al reconocerlo—, su mente y su espíritu quedaron lastrados.

Le flaquearon las piernas ahora que había caído en la cuenta de que aquellas hojas renegridas le habían privado, durante los últimos años, de disfrutar, no sólo de las grandes, sino también de las pequeñas victorias de su existencia —que ya nunca había vuelto ha considerar como enteramente propias—, al mismo tiempo que hacían recaer exclusivamente sobre sus hombros, sin margen para la indulgencia, todos y cada uno de sus errores y tropiezos.Le debía su redención a aquella ráfaga de viento que había logrado arrebatarle, en un descuido, las hojas impresas. La sensación de desamparo que inundó entonces su corazón, resonó como un aldabonazo en su conciencia. Tras recuperarlas en la calzada, después de una veloz carrera, miraba las planas de un modo nuevo; a decir verdad, tal y como eran realmente: una sucesión de caracteres tipográficos carente de sentido.

Se le había reservado una última oportunidad para congraciarse consigo mismo, y podía afirmar que había sido capaz de aprovecharla. Le resultó gratificante volver a reconocerse, después de tanto tiempo, como el verdadero y único protagonista de sus éxitos y de sus fracasos. Dio por bueno lo que había vivido y el hombre que era, y se giró hacia el autobús que se abalanzaba sobre él, para encarar de frente la brisa que revolvía su pelo.

En su declaración ante la policía, el conductor manifestó que no pudo hacer nada por evitar el atropello. «Pisé a fondo el pedal del freno, pero era tarde. El hombre se precipitó al asfalto de improviso —aseguró. Aquel pobre desgraciado perseguía —así se hizo constar en el atestado— unas hojas de papel que arrastraba el viento. Nunca podré olvidar —afirmó consternado— la paz que asomó en su rostro justo antes del impacto».

Aún hoy, los expertos tratan de identificar la lengua en que está escrito el viejo y desgastado periódico que el difunto tenía en una mano.

Francisco José Navarro Gil

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