Julia paró el primer taxi que pasaba. El chófer colocó las maletas en el portabultos y salió con rumbo al aeropuerto.

Sentada en el coche reflexionaba sobre la conveniencia de tomar aquel vuelo. No sabía qué hacer. Si aceptaba el compromiso, su vida ya no sería su vida, sabía que ello le ocasionaría más problemas que satisfacciones. Siempre había sido muy independiente y enemiga de tener responsabilidades. ¿Para qué crearse problemas que no existían? –pensó-. Reconocía que muchos de sus días eran grises y solitarios, pero otros la divertían muchísimo, aunque la mayor parte de las veces regresara a casa sola. Pero tenía muchos amigos, los sábados trasnochaba, bailaba, bebía y se colocaba. ¿Quién se lo iba a prohibir?  Pero con él…, todo sería distinto.

Tomó asiento en el avión y miró por la ventanilla buscando algo que la disuadiera de su decisión, quizás un poco precipitada. Se abrochó el cinturón de seguridad antes de que lo anunciaran y se colocó los auriculares para escuchar música mientras los pasajeros se acomodaban.

En ese momento dos hombres uniformados de guardias civiles avanzaron por el pasillo. Julia los siguió con la vista y los vio en la puerta de la cabina del comandante. Una azafata hablaba con ellos y le pareció que estaba asustada. La puerta se abrió y los dos hombres entraron. Los pasajeros observaban en silencio, como esperando algún acontecimiento. Un señor que ocupaba el asiento delantero se levantó y se dirigió a la azafata. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué aquellos guardias civiles habían penetrado en la cabina de la tripulación de forma sospechosa?

Julia se inquietó y se revolvió en el asiento. El pasajero del sillón  delantero había regresado y los pasajeros cercanos a él le preguntaron qué pasaba, a lo que el hombre contestó visiblemente preocupado:

-La azafata no me ha querido dar detalles, pero los guardias civiles llevaban armas.

Una señora mayor puso el grito en el cielo. Se desabrochó el cinturón y se levantó precipitadamente:

-¡Socorro! ¡Esto es un atentado!

En un momento los pasajeros intentaron hacer lo mismo y alguno caminó por el pasillo en dirección a la puerta de salida. De pronto, el comandante se dirigió al pasaje por megafonía pidiendo calma:

-Señores pasajeros, les habla el comandante: Les ruego tranquilidad y que vuelvan a ocupar sus asientos. No hay ningún motivo para alarmarse. Los agentes de la Guardia Civil, se han personado para hacerme entrega de las armas que llevan, según ordena la ley. El avión despegará dentro de unos minutos cumpliendo con su horario.

En ese momento se oyó un estruendo en la aeronave. Era el claro sonido de un disparo de arma.

-¡Nos van a acribillar! –se volvió a oír la voz histérica de la señora.

Las azafatas avanzaron por el pasillo tranquilizando a los sobresaltados pasajeros. Algunos habían bajado la cabeza hasta las rodillas y se cubrían con los brazos.

De nuevo la voz tranquila del jefe del avión informaba que, al manipular las armas, una de ellas se había disparado fortuitamente. La descarga había atravesado el fuselaje del avión abriendo un importante boquete. Por suerte, nadie había resultado herido, todo estaba bajo control.

Los pasajeros, con signos de nerviosismo, fueron desalojados hasta la terminal, a la espera de tomar otro vuelo que les llevara a su destino.

Julia se acercó a la oficina de la compañía aérea y solicitó la devolución de sus maletas. En ese momento había tomado la decisión más importante de su vida.

En el taxi de regreso a casa sus pensamientos no eran los mismos. Los ojos le brillaban y en su interior un instinto de amor y amparo le decía que estaba haciendo lo correcto. Sabía que ya no sería independiente, ni podría esquivar sus responsabilidades. Además, sus juergas nocturnas se acababan en aquel momento. Pero no le importaba. Se acarició la incipiente barriga y suspiró: Te estaré esperando.

Isabel Santervaz

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