Microrrelatos de Belkys Rodríguez Blanco:

SIMPLE DEDUCCIÓN

(Sínquisis)

Gastaron las migas a Pulgarcito de pan una broma: a la ciudad de vuelta de llevarlo en vez a casa  Nueva a condujeron York. Guardián fue a parar del magnífico celoso  del toro desconcertado guardián delante de bronce del poder. Leñadores lo miró a de aquellos el hijo grandeza directamente entonces pobres se dio cuenta a los cuernos de su propia diminuto.

MAL DE AMORES

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monocordio-estafador-sustanciar-aguacatal-florecido-reunificación

El emperador Yan Sé se enamoró de una muchacha que tocaba el monocordio como nadie. Los nobles de la corte preocupados por un estafador que se había instalado en el palacio haciéndose pasar por bufón, no se dieron cuenta de que el emperador había comenzado a tener actitudes muy raras, como la de sustanciar poesías de autores muertos de forma violenta o la de pasear alelado por el aguacatal florecido que había mandado a plantar en los jardines del castillo. Cuando la muchacha murió repentinamente los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor que Yan Sé profesaba a la chica era tan grande que se había comprometido con ella a tramitar la reunificación de su numerosa familia que residía en Rumanía. A los estupefactos miembros de la corte no les quedó más remedio que aceptar semejante desatino, por lo que en un mes los hermosos jardines de la mansión se llenaron de carpas, de mujeres que leían las manos de los visitantes y de chiquillos mugrientos que correteaban y chillaban por doquier.

EL PEZ DEMENTE

(Lipograma)

Desde que emerge el pez que te enternece te bebes el jerez, te crees breve, celeste. Es que el pez se cree demente desde que te ve.

EL DEDAL

Prisionero durante horas, el dedo pide a gritos la liberación. Ella escucha su reclamo y lo complace quitándole el pequeño utensilio de costura que lo cubre. Observa la  simplicidad de su estructura durante unos segundos y luego lo deja sobre la mesita de la sala. Le duele el cuello y tiene los ojos enrojecidos. Mucho zurcido y poca ganancia. Después de unos minutos, resignada, se inclina para cogerlo y reanudar la faena; pero, lo que ve la deja con la boca abierta y el brazo suspendido. La fuerte explosión sacude el dedal. Una piedra, luego otra, salen disparadas y se incrustan en el techo. Un líquido rojo y espeso emana de su interior y amenaza con derramarse; sin embargo, de repente se solidifica y se transforma en una roca minúscula que abre sus fauces y comienza a escupir humo y cenizas. En el principio creó Dios los cielos y la tierra y la tierra estaba desordenada y vacía, recuerda ella; aunque, nunca se lo ha tomado muy al pie de la letra. Una segunda explosión sacude la mesa y el suelo. El dedal se tambalea y luego de unos brevísimos segundos se estabiliza. Se inclina sobre la mesa y su asombro es aún mayor: la roca ha desaparecido y en su lugar se extiende una pradera con un finísimo pasto de terciopelo verde. Un hombrecillo desnudo la mira desconcertado. En la mano derecha sostiene una costilla y en la izquierda una manzana. Entre la hierba, muy cerca de los pies del hombre, se arrastra sigilosa una serpiente con ojos de mujer.

 

EL VIEJO

Ahí va otra vez, arrastrando los pies por el paso de peatones. La espalda encorvada, la vieja camisa de rayas abotonada hasta el cuello, el pantalón sucio, el sombrero encajado hasta las cejas y el bastón de madera como prolongación de su brazo atornillado. Dicen que lo perdió en la última guerra, o la penúltima, no recuerdo bien. Todos los días cruza la calle a las dos en punto. Lo veo desde el balcón mientras me fumo un cigarrillo. El humo me nubla la vista. Sé que se llama Gervasio. Seguro tendrá una familia numerosa, se sentará en una mesa de caoba mientras su mujer le sirve la comida. Los hijos le preguntarán sobre sus hazañas en la guerra, los nietos lo contemplarán atónitos y los biznietos echarán babas sobre la sopa. O tal vez viva solo con su perro sarnoso, en una choza inmunda, llena de ratas y cucarachas, un camastro con peste a orines, un búcaro de flores resecas al lado del retrato de la mujer muerta, una mesa coja y un taburete. Quisiera bajar y preguntarle cuántos hombres mató en combate, si le dieron una medalla por su valor y qué hizo con el brazo amputado. Pero, a la hora que Gervasio cruza la calle mi marido viene a darme la medicación. Yo le hablo del viejo y él siempre responde lo mismo. Que eso es sólo una leyenda urbana, que no hay nadie en la calle, que me vaya a la cama a descansar. Sin embargo, yo estoy segura de que no es un fantasma porque mientras me trago la pastilla lo veo alzar la cabeza. Le faltan todos los dientes, el labio superior y las cuencas de sus ojos están vacías.

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