La decisión

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Julia paró el primer taxi que pasaba. El chófer colocó las maletas en el portabultos y salió con rumbo al aeropuerto.

Sentada en el coche reflexionaba sobre la conveniencia de tomar aquel vuelo. No sabía qué hacer. Si aceptaba el compromiso, su vida ya no sería su vida, sabía que ello le ocasionaría más problemas que satisfacciones. Siempre había sido muy independiente y enemiga de tener responsabilidades. ¿Para qué crearse problemas que no existían? –pensó-. Reconocía que muchos de sus días eran grises y solitarios, pero otros la divertían muchísimo, aunque la mayor parte de las veces regresara a casa sola. Pero tenía muchos amigos, los sábados trasnochaba, bailaba, bebía y se colocaba. ¿Quién se lo iba a prohibir?  Pero con él…, todo sería distinto.

Tomó asiento en el avión y miró por la ventanilla buscando algo que la disuadiera de su decisión, quizás un poco precipitada. Se abrochó el cinturón de seguridad antes de que lo anunciaran y se colocó los auriculares para escuchar música mientras los pasajeros se acomodaban.

En ese momento dos hombres uniformados de guardias civiles avanzaron por el pasillo. Julia los siguió con la vista y los vio en la puerta de la cabina del comandante. Una azafata hablaba con ellos y le pareció que estaba asustada. La puerta se abrió y los dos hombres entraron. Los pasajeros observaban en silencio, como esperando algún acontecimiento. Un señor que ocupaba el asiento delantero se levantó y se dirigió a la azafata. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué aquellos guardias civiles habían penetrado en la cabina de la tripulación de forma sospechosa?

Julia se inquietó y se revolvió en el asiento. El pasajero del sillón  delantero había regresado y los pasajeros cercanos a él le preguntaron qué pasaba, a lo que el hombre contestó visiblemente preocupado:

-La azafata no me ha querido dar detalles, pero los guardias civiles llevaban armas.

Una señora mayor puso el grito en el cielo. Se desabrochó el cinturón y se levantó precipitadamente:

-¡Socorro! ¡Esto es un atentado!

En un momento los pasajeros intentaron hacer lo mismo y alguno caminó por el pasillo en dirección a la puerta de salida. De pronto, el comandante se dirigió al pasaje por megafonía pidiendo calma:

-Señores pasajeros, les habla el comandante: Les ruego tranquilidad y que vuelvan a ocupar sus asientos. No hay ningún motivo para alarmarse. Los agentes de la Guardia Civil, se han personado para hacerme entrega de las armas que llevan, según ordena la ley. El avión despegará dentro de unos minutos cumpliendo con su horario.

En ese momento se oyó un estruendo en la aeronave. Era el claro sonido de un disparo de arma.

-¡Nos van a acribillar! –se volvió a oír la voz histérica de la señora.

Las azafatas avanzaron por el pasillo tranquilizando a los sobresaltados pasajeros. Algunos habían bajado la cabeza hasta las rodillas y se cubrían con los brazos.

De nuevo la voz tranquila del jefe del avión informaba que, al manipular las armas, una de ellas se había disparado fortuitamente. La descarga había atravesado el fuselaje del avión abriendo un importante boquete. Por suerte, nadie había resultado herido, todo estaba bajo control.

Los pasajeros, con signos de nerviosismo, fueron desalojados hasta la terminal, a la espera de tomar otro vuelo que les llevara a su destino.

Julia se acercó a la oficina de la compañía aérea y solicitó la devolución de sus maletas. En ese momento había tomado la decisión más importante de su vida.

En el taxi de regreso a casa sus pensamientos no eran los mismos. Los ojos le brillaban y en su interior un instinto de amor y amparo le decía que estaba haciendo lo correcto. Sabía que ya no sería independiente, ni podría esquivar sus responsabilidades. Además, sus juergas nocturnas se acababan en aquel momento. Pero no le importaba. Se acarició la incipiente barriga y suspiró: Te estaré esperando.

Isabel Santervaz

El ordenador

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Pasaba de los sesenta años cuando le ocurrió lo del ordenador. Tenía la suficiente experiencia laboral para que nada ni nadie pudieran sembrar confusión o trastornarle la vida y estaba contento manteniendo dicho equilibrio. Vivía en un pequeño piso rectangular en el centro, que medía tres metros de ancho por cuatro de largo. Este pequeño espacio daba cabida a una cama confortable con su mesilla, una silla y su mesa correspondiente, una pequeña cocina, un lavabo y un retrete. Se sentía seguro, protegido de las desagradables sorpresas que pudieran acontecer a su alrededor. Cada mañana se levantaba temprano y tras asearse, afeitarse, desayunar frugalmente y vestirse, se dirigía a su trabajo. Era maestro. Los estudiantes lo respetaban y él se sentía feliz con su rutina año tras año viviendo tranquilo, solo y satisfecho.

Una mañana de otoño, recién estrenado el curso, introdujeron en su vida un artilugio extraño: el ordenador que quebraría su rutina y cambiaría el rumbo de su vida. Él siempre había dado sus clases escribiendo en la pizarra desde hacía al menos treinta años y creía fielmente que esa era la mejor forma de hacerlo. Sus alumnos prestaban atención siguiendo cada una de sus explicaciones e incluso, se ofrecían a borrar el encerado. Acababa de iniciar su lección cuando el director de la escuela interrumpió en la clase para anunciar que a partir del día siguiente todos los alumnos tendrían ordenador y que el profesor debería ofrecer sus explicaciones a través de él.

Don Pedro ―que así se llamaba el maestro―, comenzó a sudar. Ante él se presentaba un aparato inmundo que no sabía manejar. Su destreza de años de experiencia se iría al traste y todos sus avezados alumnos se darían cuenta de su debilidad…. ¡Ni siquiera sabía cómo se encendía! Su cabellos se erizaban de puro miedo y tuvo que salir de clase con la disculpa de una llamada importante que tenía que hacer a esa hora.

Una vez en el baño, se encerró dando vuelta al pestillo y, sentado, pensó que iba a tener un infarto o un colapso circulatorio, al fin y al cabo se encontraba en esa edad crítica en la que cualquier disgusto podría ser grave. Imaginó que empezaría a sentir una opresión y un dolor insostenible en el brazo izquierdo ―esos eran los síntomas que su vecino le había descrito cuando tuvo el infarto― o bien que caería fulminado sin conocimiento. Obviamente nada de esto ocurrió y poco a poco, el corazón volvió a latir con normalidad y no le quedó más remedio que volver y continuar con la clase. Sin embargo, don Pedro no pudo quitarse de la cabeza multitud de pensamientos caóticos alrededor del ordenador.

Al día siguiente llegó a clase tras su rutina y encontró el maldito aparato en cada pupitre y en su mesa. Se acercó y recorrió con sus ojos las aristas de la pantalla rectangular. Le pareció que se clavaban en su memoria como clavos ardiendo para dejar una cicatriz que supuraría durante mucho tiempo. Suspiró deseando que todo fuera un mal sueño. Miró el reloj, apenas quedaban cinco minutos y él no sabía nada de ordenadores. ¿Qué iba a responder cuando sus alumnos le preguntarán como se guardaba un texto? ¿Y qué pasaría si un archivo se pierde? ¿Cómo se cambia el tamaño de una letra o cómo se pega una foto?… Y aún peor: ¡Internet…! ¡Maldita sea! Estaba a punto de jubilarse y hasta ahora todo su vida había transcurrido sin altibajos, ¿por qué tenía que enfrentarse a estas alturas a un nuevo reto? Él sólo quería vivir dentro de ese mundo monótono que había creado durante años y en el que se sentía totalmente seguro.

Los minutos pasaban y los alumnos comenzaban a llenar de hilaridad el espacio de la clase. Nuevamente el sudor comenzó a recorrer su anatomía marchita acumulándose multitud de gotas sobre su frente. El picor comenzaba a ser insoportable, pero don Pedro permanecía estático en la posición de siempre: de pie y en el lado izquierdo de la pizarra. Nadie podía darse cuenta de su terror. Las piernas le temblaban y el pecho estaba a punto de estallar. Se tambaleaba lentamente de un lado a otro, de forma prácticamente imperceptible hasta que calló. El estruendo hizo callar a los alumnos. Todos miraron en dirección al profesor y gritaron: ¡Don Pedro, don Pedro!, ¿qué le pasa?… Llegó el conserje y luego la ambulancia. Las sirenas resonaron en los oídos de todos durante los meses que don Pedro estuvo ingresado. Nadie sabía qué le había pasado, ni siquiera si estaba enfermo previamente, pero sus alumnos fueron a visitarle cada día al hospital mientras permanecía en coma. Se turnaban para hacerle compañía y hablaban sobre el joven profesor que le había sustituido y que hábilmente les enseñaba las lecciones junto con el funcionamiento del ordenador y el fantástico mundo virtual de Internet.

El tiempo pasó y con él llegaron los exámenes. Agobiados, llevaron sus portátiles al hospital. Don Pedro parpadeó por primera vez desde hacía meses. Las semanas siguientes la mejoría se fue haciendo cada vez más evidente. Los médicos no encontraban explicación a dicha circunstancia, pero se mostraron entusiasmados. Los exámenes terminaron y los alumnos comenzaron a jugar con el ordenador en la habitación de don Pedro.

Pasó el periodo estival y comenzó el nuevo curso con nuevos niños. En los pupitres, los ordenadores. En la mesa del profesor, una enorme pantalla plana de 25 pulgadas de color metálico con pantalla táctil y en la izquierda de la pizarra, don Pedro, recuperado y rejuvenecido. Estando enfermo había acumulado la suficiente experiencia para que nada ni nadie pudieran trastornarle o sembrar confusión en su vida. Ahora dominaba el arte de la informática gracias a su mente comatosa que absorbió cuanto pudo de sus alumnos mientras lo visitaban… Nuevamente vivía, sin miedos.

Mar Caballero

EL PERIÓDICO

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Fue en ese instante, mientras se incorporaba, justo antes de que lo devorara la máquina que aullaba a su espalda, cuando los acontecimientos de los últimos años adquirieron un nuevo sentido para él. Como por instinto, dirigió su mirada hacia las montañas que presidían el horizonte, más allá de la avenida atestada de vehículos, con el ansia de un explorador infatigable que deseara encontrar allí el nuevo destino de sus pasos, y trajo a la memoria el encuentro, lejano ya, con aquellas viejas hojas de papel que acababa de recuperar del asfalto.

La atmósfera era densa en el interior del aeropuerto, un descuidado pabellón anclado entre la vegetación. Sólo unos pocos se encontraban esa mañana en su sala principal. Los escasos turistas, a la espera de embarcar en el único vuelo del día, habían buscado refugio, arremolinados, junto al ventanal que se abría a la selva en la que luchaba por hacerse un hueco la pista de aterrizaje. En el lado opuesto de la estancia, tras el mostrador de facturación, un empleado y el policía encargado del control de los pasaportes compartían, callados, el flujo de aire de un pequeño ventilador que sumaba su zumbido al de las moscas.

Familiarizado con los rigores del trópico —no era la primera vez que visitaba la ciudad, pues, por aquel entonces, la empresa tenía un vivo interés en expandirse por la zona—, había decidido renunciar a su cuota de aire fresco a cambio de un asiento en un rincón solitario, en el que poder descansar sin apreturas. Cuando se acostumbró a la penumbra del lugar que había escogido, quiso identificar aquel espacio, miró a su alrededor y, entonces, las vio. En el mismo banco, un poco más allá de donde él estaba situado, se encontraban, desordenadas, unas hojas de lo que parecían ser los restos de un periódico.

Ahí debió haber quedado todo —se dijo a sí mismo—, en algo que ni siquiera alcanzaba la categoría de una anécdota, pero a veces los hechos más triviales adquieren una trascendencia en nuestra vida que no podemos explicar.

Él fue el primer sorprendido cuando, ya a bordo del avión, localizó en el interior de su maletín aquellas hojas. Sus dedos se toparon con el papel basto, de tacto rugoso, cuando quiso extraer el informe que había elaborado sobre la evolución de las ventas, aunque ya antes su olfato había intuido el olor penetrante de la tinta. Desde entonces, no había dejado pasar un sólo día sin preguntarse por qué no podía recordar un movimiento de su cuerpo, un ademán, un simple pensamiento que pudiera dar sentido a la presencia del periódico entre sus manos.

Tras el desconcierto inicial, rechazó las hojas depositándolas en la bolsa situada en el respaldo del asiento de la fila delantera, y decidió refugiarse en la corrección del informe que debía presentar. No le fue fácil. Una y otra vez, sus ojos, con la complicidad de su curiosidad, se escaparon, inquietos, más allá del anodino escrito, en busca de aquella seca pasta de celulosa que, a pesar de su ajada apariencia, dejaba traslucir exóticos encantos. En una de esas idas y venidas, su mente mostró interés, sin embargo, por algo que aquellos habían captado: un dato, una pequeña dosis de información —cuya importancia se revelaría unas horas más tarde—, se había filtrado desde el extremo del periódico que asomaba de la guantera. Él, ajeno a este proceso, logró al fin enredarse, hasta el momento en que el avión tomó tierra, entre los cuadros, las tablas y los gráficos que había repartido a lo largo del documento.

Cuando llegó a la oficina a la mañana siguiente, el director del departamento ya le estaba esperando. La noche anterior lo había llamado por teléfono. «Sea puntual, por favor. A las diez tengo la reunión, y quiero acudir con una propuesta concreta. ¡Ah, y no se olvide del informe!». Y allí estaba, a primera hora, en su propio despacho, ante su mesa. No cabe duda de que el tema es importante     —pensó, con un asomo de intranquilidad, mientras daba los buenos días.

-Veo que ha aprovechado el tiempo ―dijo cuando terminó de leer el informe-. Ha hecho usted un buen trabajo; le felicito. Estaría encantado de que me acompañara a comer —añadió con cordialidad-. Invito yo, se lo debo.

Se levantó del sillón. «Siento irme tan pronto —se disculpó—, pero he de regresar a mi despacho, aún tengo que terminar algunas notas». Le estrechó la mano y, mientras se dirigía hacia la puerta, apuntó: «nos vemos al mediodía; no hay excusa que valga. Le llamará mi secretaria». Bajo el umbral, el director dudó un momento, y se volvió hacia él. «Me gustaría oír su opinión —afirmó convencido-. Algo me dice que no debo dejar pasar la oportunidad de escucharle; usted conoce mejor que cualquiera de nosotros, y además, de primera mano, aquel país… Seguro que ha sacado sus propias conclusiones». Se quedó callado y, después de unos segundos, insistió, con un tono que inspiraba confianza: «Adelante, se lo ruego».

Para esto no estaba preparado. Lo último que podía imaginar era que le fueran a pedir su opinión sobre los planes de expansión de la empresa. En cualquier caso, debía ofrecer una respuesta cuanto antes, y mejor si era coherente, pero ¿qué decir? Alguien, por primera vez, confiaba en su capacidad y en su valía, y no podía permitirse un fracaso. «Pues, yo creo…», balbuceó, porque necesitaba rasgar aquel silencio de la espera que le oprimía el pecho. Ante su mente se mostraba un tapiz de contornos difusos cuya escena no lograba identificar. Las ideas que vagaban por su cabeza, sucediéndose unas tras otras, le ofrecían una visión de conjunto de la cuestión, pero no lograba entrelazar aquellos eslabones sueltos.

De repente, sin pretenderlo, de forma casi automática, se encontró afirmando que la principal empresa del país pronto entraría en bancarrota, que su situación financiera era muy delicada. «¿De dónde he sacado esta idea tan descabellada, que tanto me compromete?», se preguntó a sí mismo. Lo había leído —eso es lo que dijo, como recordaría después. Esa fue la expresión que utilizó. «Lo… lo he leído, sí». No sabía precisar dónde, pero lo había leído. Aunque de momento era sólo un rumor —apuntó incluso—, los círculos más cercanos al poder le daban mucho crédito.

Unas semanas después, su vaticinio se confirmó. El rumor inverosímil se transformó en noticia de portada y su empresa, que había podido adoptar con antelación las medidas necesarias, logró absorber a su principal competidora, y se convirtió en líder del sector en el país. Pronto se vio recompensado con un ascenso, y más tarde llegó a ocupar el puesto de director del departamento, por recomendación de su propio jefe, cuando este se jubiló al cabo de unos pocos años.

Desde aquella entrevista, no se había separado del periódico. Al principio le costó admitir que estaba en deuda con aquellas páginas, y se rebeló, herido en su orgullo, contra los indicios que le demostraban que aquel éxito no era obra suya en exclusiva. Se creyó expoliado, ultrajado, y se sumió, en ocasiones, en la ira. A punto de ver reconocidos sus méritos después de tanto esfuerzo y dedicación, debía compartir con un furtivo, con un advenedizo de última hora, la recompensa que él solo creía merecer.

Tras los accesos, se sucedieron períodos de profundo abatimiento cuando, rendido finalmente, hubo de admitir sin ambages la realidad de los hechos y su propia mediocridad. Para sacarlo del abismo en que cayó, de su estado de postración, acudieron en su rescate —¡qué paradoja!— las mismas hojas ladinas. Esa fue su perdición. Al aferrarse a ellas como única tabla de salvación, guiado por el deseo de alcanzar el refugio seguro de los nuevos éxitos que prometían   —sintió lástima y vergüenza al reconocerlo—, su mente y su espíritu quedaron lastrados.

Le flaquearon las piernas ahora que había caído en la cuenta de que aquellas hojas renegridas le habían privado, durante los últimos años, de disfrutar, no sólo de las grandes, sino también de las pequeñas victorias de su existencia —que ya nunca había vuelto ha considerar como enteramente propias—, al mismo tiempo que hacían recaer exclusivamente sobre sus hombros, sin margen para la indulgencia, todos y cada uno de sus errores y tropiezos.Le debía su redención a aquella ráfaga de viento que había logrado arrebatarle, en un descuido, las hojas impresas. La sensación de desamparo que inundó entonces su corazón, resonó como un aldabonazo en su conciencia. Tras recuperarlas en la calzada, después de una veloz carrera, miraba las planas de un modo nuevo; a decir verdad, tal y como eran realmente: una sucesión de caracteres tipográficos carente de sentido.

Se le había reservado una última oportunidad para congraciarse consigo mismo, y podía afirmar que había sido capaz de aprovecharla. Le resultó gratificante volver a reconocerse, después de tanto tiempo, como el verdadero y único protagonista de sus éxitos y de sus fracasos. Dio por bueno lo que había vivido y el hombre que era, y se giró hacia el autobús que se abalanzaba sobre él, para encarar de frente la brisa que revolvía su pelo.

En su declaración ante la policía, el conductor manifestó que no pudo hacer nada por evitar el atropello. «Pisé a fondo el pedal del freno, pero era tarde. El hombre se precipitó al asfalto de improviso —aseguró. Aquel pobre desgraciado perseguía —así se hizo constar en el atestado— unas hojas de papel que arrastraba el viento. Nunca podré olvidar —afirmó consternado— la paz que asomó en su rostro justo antes del impacto».

Aún hoy, los expertos tratan de identificar la lengua en que está escrito el viejo y desgastado periódico que el difunto tenía en una mano.

Francisco José Navarro Gil

Cardo, detective

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UNO

La mujer entró sin llamar, segura, firme. Envuelta en un espeso abrigo de piel de nutria. Me incorporé antes de subirme la bragueta. Ella se detuvo frente a mi mesa mirándome fijamente la entrepierna.

-El señor Cardo, supongo –dijo fríamente.

-En efecto, pero usted puede llamarme Rick –contesté tratando de disimular mi turbación.

-Tengo un asunto que proponerle –continuó ella sin prestarme atención, y se quitó el abrigo, que era toda su vestimenta. Lo tiró a un lado, luego se sentó en la silla de los clientes. Al posar el culo tuvo un leve gesto de disgusto, por el frío del asiento. Se echó hacia atrás y cruzó las piernas-. Mi marido ha desaparecido. Quiero que lo busque. Completa discreción. Es un político muy conocido.

Entonces la reconocí, era la mujer de S. que en la legislatura pasada había sido vicepresidente. Desde las últimas elecciones, a las que no se había presentado, había dejado de oírse su nombre.

-¿Cómo sabe que ha desaparecido? –comencé a interrogarla utilizando un sobrio tono profesional.

-Porque no está –contestó ella como un carámbano.

-¿Ha recibido alguna nota, han reñido últimamente, tiene algún lío por ahí? –continué.

-No, no, quién sabe –respondió; y anoté minuciosamente sus respuestas.

-Bien, ya tengo suficiente. Deme una semana. No me llame, la llamaré yo. Mi tarifa son tres mil, al final del trabajo. Más gastos que incluyen taxi, café, un tentempié a media mañana, sobornos, y asuntos varios.

La mujer, tranquilamente, extrajo una chequera de no sé donde y la tiró sobre la mesa.

-Anote lo que haga falta. Devuélvame el cambio. No necesito factura –todo esto lo dijo mientras se levantaba, recogía el abrigo y se lo ponía. Yo me levanté también para despedirla. Otra vez el faldón de la camisa me asomó por la bragueta. Lo metí dentro, cerré y le tendí la mano, pero ella ya estaba del otro lado de la puerta acristalada. Su sombra difuminada se alejaba hacia el fondo. Oí el motor del ascensor. Luego todo volvió a quedar en silencio.

DOS

El despacho de mi cuñado en el partido es dos veces la superficie de mi oficina. A la derecha según se entra tiene un sillón cama y a la izquierda un mueble bar oculto detrás de una estantería cubierta de libros. Si sientes la curiosidad de leer Todo lo que siempre quiso saber sobre la pesca del coltán negro, descubrirás el resorte secreto. Allí  esconde el güisqui de calidad que reserva para los ministros. A mí me convida con un coñac barato que manda comprar en el Veinticuatro Horas y que guarda en un cajón de la suntuosa mesa.

-Dicen que S. ha desaparecido.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque no está.

-Es cierto. También ha desaparecido parte de la caja del partido.

-¿Para qué quieren solo parte de la caja? Se le va a caer todo por fuera.

-Ese está chocheando, a nadie le importa.

-Su mujer me ha contratado para buscarle.

-Ella no quiere encontrarlo. Solo asegurarse de que ha desaparecido.

Debajo del sillón cama había un pelo de nutria. La limpieza aquí no debía de ser muy escrupulosa. Mi cuñado volvió a servirme más coñac.

-¿Tú no bebes? –inquirí, malicioso.

-Estoy de servicio – dijo, y lo acompañó con un gesto de asco.

-Pues usa esto para abrillantar el piso –me levanté y salí por la puerta.

Ya en la calle me sonó el teléfono. No lo cogí, me aburre hablar por teléfono. Pero me fijé en si dejaban mensaje.

“¿Señor Cardo?, necesito verle. Una amiga común me ha hablado de usted. Quiero que trabaje para mí”.

Era una voz muy afectada. Yo diría que de una mujer algo mayor. Parecía preocupada. La llamé.

-Mi nombre es Cardo, Rick Cardo. Usted me acaba de llamar.

-Mi perrita “Laqui” se ha perdido. Necesito que usted me la busque.

-Señora…, yo no…

-Le pagaré bien, mil euros, si me la encuentra. Más los gastos que pudiera ocasionarle, por supuesto.

-Por supuesto. ¿Puedo verla ahora mismo? Necesitaría unos datos.

-Vivo en Ciudad Jardín. Calle del Loroloco número cinco.

-Estaré allí en veinte minutos.

Había dejado la bicicleta amarrada a una farola. Algún gracioso me había robado el sillín. Tuve que ir todo el tiempo pedaleando de pie.

TRES

La vieja vivía en una mansión descomunal. El jardín ocupaba prácticamente media calle. Pulsé el botoncito y una voz de hombre algo gangosa me preguntó.

-Soy el señor Cardo. La señora me ha telefoneado.

La voz no respondió. Esperé un ratito. Luego volvió a hablar.

-Espere un momento.

-Eso ya lo he hecho.

-¿Cómo?

-Ya he esperado. ¿Qué hago ahora?

Conseguí confundirle. Con un tono indeciso dijo “ahora le abro”.

En efecto, la puerta se abrió. Se trataba de un enano que me miró con cierto rubor. Inmediatamente se dio la vuelta y comenzó a andar hacia la casa. Le seguí.

Me llevó hasta una sala.

-Espere aquí

Era una sala amplia y bien iluminada. La luz entraba a baldes por un enorme ventanal apenas cubierto por unas vaporosas cortinas. Una amplia alfombra cubría el suelo. Y, sobre ella, un sofá tomaba el sol. El resto eran unos muebles pegados a la pared y multitud de cuadros. Sobre uno de los muebles se acumulaban botellas y vasos. Me acerqué a curiosear.

-Puede tomar lo que quiera –dijo una voz a mis espaldas. Me giré. Era una vieja muy coqueta envuelta en un vaporoso salto de cama que dejaba ver todo lo que cubría. Decidí tomarme un güisqui.

-Esta es mi perrita –me mostró una foto que colgaba en una de las paredes. En realidad casi todas las fotos que había eran de su perrita. Su perrita con ella, su perrita con el rey, su perrita con el presidente del gobierno. Su perrita con la marquesa del Sauzal, su perrita con S., ex vicepresidente del gobierno.

-Veo que su perrita conoce a mucha gente.

-Si, es una perra muy mundana –y mientras decía esto me miraba adoptando lo que ella debía pensar que era una pose muy seductora. Acabé el güisqui.

-¿Puedo? –pregunté señalando al vaso.

-Por supuesto –respondió ella. Empecé a masticar el vaso.

-¿Cuándo desapareció su perrita? –pregunté adoptando un aire profesional y saqué un lápiz y una libretita de notas que siempre llevaba conmigo.

-No la vemos desde ayer, que salió a hacer pipí.

-¿La dejan sola cuando va a hacer… sus necesidades?

-No necesita ayuda para eso, ¿no cree señor investigador? –otra vez esa actitud a lo Marilyn devastada. Eché otro mordisco al vaso.

-Y bien –intenté desviar su atención, tal vez probarla–, si no ha vuelto es posible que… ya me entiende. Hay maleantes por ahí que utilizan los perros como… bueno, los entrenan para pelear y…

-¡Oh, por Dios, no siga! ¡Qué desagradable! –Y, maldita sea, cruzó las piernas-. El caso es que mi pequeñita llevaba un collar… muy valioso.

Entonces me fijé de nuevo en las fotos y, en efecto, el collar de la perrita brillaba hasta herir los ojos. Ahora comprendía el interés tan desinteresado de la vieja.

-Me encargaré del asunto. No me llame. Yo la llamaré a usted –Y me puse en pie un poco impulsivamente. En ese instante apareció el enano.

-Walter le acompañará a la puerta –dijo ella. Walter vestía en este momento unas tiras de cuero negro que apenas le ocultaban nada. Preferí seguirlo antes que precederlo.

Ya en la calle eché un vistazo por los alrededores. El nombre de la calle me resultaba vagamente conocido. Saqué mi libreta, revisé mis notas y confirmé: no tenía ni idea. Pero entonces, a lo lejos, vi salir de una casa a la mujer de S. y meterse en un coche, que ese sí que lo conocía: era el de mi cuñado.

CUATRO

Mi hermana siempre ha sido muy estirada. Desde que se casó con ese tipo se había vuelto insoportable. Él tampoco procede de buena familia. Todo lo que ha conseguido ha sido por sus propios trapicheos; lo que ha robado, mentido y engañado para llegar hasta donde está lo ha hecho por sí mismo. Ir a su casa para decirle que su marido la engañaba me proporcionaba un particular placer.

Llamé dos veces y oí la voz de la vieja empleada.

–¿Quién es?

–Soy el cartero, ¿o no ha oído que he llamado dos veces?

–¡Oh, qué bien! –dijo– Voy a ir despejando la mesa de la cocina.

Solo imaginar a aquella mujer tumbada sin ropa sobre la mesa de la cocina desalentaba. Cuando encontré que, en efecto, allí estaba, me sentí espantado. Pero no me arredré.

-Lo siento, he dicho una mentirijilla. ¿Está mi hermana?

Mientras se volvía a poner su bata, desilusionada, me indicó con la cabeza que pasara al salón.

Justo entraba yo cuando mi hermana salía del baño con solo una toalla cubriéndole el pelo.

-¡Hermana, cuánto tiempo!

-Ya viniste ayer a pedirme dinero, ¿no te acuerdas? –ni siquiera me miró.

No quise andarme con rodeos.

-¿Sabes que tu marido te engaña?

-Algo le he oído mencionar a alguno de los tipos con los que me acuesto para consolarme –desvió el golpe con indiferencia mientras se encendía un cigarrillo. Para recalcar su respuesta, un tipo vestido de tenista cruzó el salón, se despidió educadamente y salió por la puerta principal.

-Parece que se trajina a la mujer de S. –dejé caer, ya sin esperanza de sorpresa, a ver qué salía. Mi hermana iba cada día al Club y aquello era una fuente de información más completa que Internet.

-Puede ser, se oye decir que su marido ya no la atiende.

-Pues ha desaparecido –insistí buscando su interés. Algo logré: detuvo la emisión de humo y por fin me miró.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó curiosa

-Porque no está. Lo estoy buscando.

-En el club se comenta que está chocho. Por lo visto se ha aficionado a los perros. ¡Ejem!… En concreto, a uno.

-¿No será uno con pinta de peluche muy mono, con un collar de diamantes que podría evitarme la desagradable vista de tus muslos durante muchísimos meses?

-¡Qué desagradecido eres! –escupió con desprecio- ¿A qué club te crees que va la marquesa a estirar sus carnes?

-Bueno, como vengo en la guía, pensé… -Ahí sí que me había pillado. Mi hermana preocupándose por su descarriado hermanito.

-Estúpido –puntualizó por si yo no lo había pillado.

-Bueno, me voy. ¿Por cierto, tu marido tiene bicicleta? –pensé que a él no le importaría hacerme un préstamo.

-No lo sé, mira en el garaje –dijo mientras se dirigía a su habitación. Se despidió alzando una mano y señalando una puerta al fondo. Aún conservaba un buen culo.

Salí de la casa con un sillín nuevo y una excelente información. Con el sillín sabía qué hacer.

CINCO

Llamé a mi compadre Pacho, que trabaja en la policía hace muchos años. Lleva limpiando aquellas dependencias desde que se instalaron en aquel local de La Naval. Atendían a pequeños delitos y problemas de desorden público. El tipo esta siempre enterado de todo lo que pasa. Conoce a toda el hampa de baja estofa del puerto. Porque toda ella ficha allí todos los días. Y como él es el único “limpia”, se pasa media vida en aquellas oficinas. ¡Y cómo le gusta el ambientillo!

Él fue el que me informó de que habían pillado a una putilla con un collar de diamantes. Se paseaba por las calles vestida solo con aquel collar. La putilla insistía en que se lo había regalado un tipo con un perrito blanco “muy mono”. Habían tomado habitación en una pensión en donde ella iba a trabajarse algunos emigrantes. La policía fue a la habitación y encontraron al tipo follándose al perro. Al parecer estaba sin identificar. Bastante demacrado. Si era mi caso, tenía mucha suerte de que no le hubiesen reconocido. Me acerqué hasta las oficinas y hablé con el policía.

-Hola. Mi nombre es Cardo, Rick Cardo. Creo que ustedes han encontrado a mi perrito –El poli nunca había visto una identificación de detective privado y se quedó mirándola un rato.

-Nunca había visto uno de estos, ¿es de verdad? –me miró desconfiando.

-Si, hombre, está firmada por su jefa. ¿Ve? “Carolina D.”, su jefa –le señalé instructivamente.

-El perro ha sido llevado a la perrera. Está un poco maltrecho. Tendrá que llevar su documentación –volvió a recuperar su actitud profesional.

-Además, ese collar… Bueno, alguien puede probar que es suyo.

-Eso tiene que hablarlo con la jefatura. Es un asunto de alto rango. El collar valía una pasta. ¿De quién es? –preguntó curioso.

-Secreto profesional.

Me aparté a un lado y llamé a la vieja. Le expliqué la situación. Ella dijo que mandaría al enano. Le di mi número de cuenta para que me ingresara la pasta. No se me apetecía mucho volver a aquella casa.

Después llamé a la señora de S. Me contestó mi cuñado. Le expliqué el asunto. Después de un rato escuchándome, dijo:

-¡Ay!, que me haces daño, no muerdas –y luego  a mí:- ¡Vale, vale, ya me hago cargo! –y colgó.

Me quedé preocupado porque no había podido mencionar lo de mi factura. Luego me acordé de que sobre la mesa del despacho tenía la chequera. Corrí a la bicicleta.

Ricardo Pérez

El cuervo

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A la entrada de la casa, lo primero que uno se encontraba, después del zaguán desnudo y la puerta de cristales era el jaulón de mimbre con el pájaro negro. La vieja era la única que lo llamaba por su nombre, Morraco, y la que se ocupaba diariamente de él. Todos los demás que vivían en la casa: la hija Luisa, su marido Juan y los nietos Andrés y Luis, lo llamaban “el cuervo”, aunque no lo era. Se trataba de una clase de loro, de gran tamaño, ojos oscuros y plumaje negro y brillante, a pesar de la edad. Andrés recordaba haberlo visto siempre en la casa, desde que él era pequeño, y ahora tenía quince años. La jaula del cuervo iniciaba la entrada a un salón enorme, siempre en penumbra, repleto de muebles antiguos y recuerdos. Había turbias fotos en blanco y negro de personas que se perdían en la memoria genealógica de la familia. Andrés no sabía realmente quiénes eran, pero intuía que la familia había sido grande y que el carácter de la vieja había dejado su rama en un otoño perpetuo, con solo cuatro hojas: sus padres, su hermano y él mismo.

De los muebles del salón destacaba el sillón de orejas de la abuela, de color vino, con motas negras, dónde pasaba la mayor parte del día leyendo a duras penas, debido a la falta de luz, un librito religioso. Siempre el mismo.

Desde pequeños, Andrés y Luis temían al pájaro. Cuando hacían algo que disgustaba a la abuela, ella los llevaba delante de la jaula y los obligaba a mirarlo a los ojos. Les decía que Morraco estaba enfadado por lo que habían hecho, y el animal, de una manera que Andrés pasado incluso el tiempo, no acertaba a comprender, comenzaba a aletear y chillar. Sólo paraba con un gesto de la abuela, que metía su índice reseco entre dos mimbres. El animal acercaba la cabeza sumisamente. Después la vieja encerraba con llave a los niños en sus cuartos un par de horas. Solo entraba un poco de claridad por los postigos.

A estos castigos, los padres no tenían nada que decir. Luisa sintió pena por los niños alguna vez, pero nunca llegó a expresarlo. Juan, el padre, estaba ausente, incluso estando en la casa. Las horas libres que le dejaba su trabajo en la tienda de libros los empleaba en pasear solo por la ciudad. Andrés recordaba haberlo encontrado por la acera contraria, a la vuelta del colegio y simular que no se habían visto, o saludarse dándose un beso con la formalidad de dos conocidos. En casa, el padre se encerraba en su alcoba, con periódicos y libros, fatigando el tapizado de un sillón mucho más modesto que el de la vieja.

Andrés y Luis tenían la luz del sol en la azotea. Allí jugaban y tenían sus cosas. Luis tenía un carácter algo rebelde y, a escondidas de la vieja, le decía a Andrés cuánto odiaba al cuervo. No se atrevía a usar esa palabra para la vieja, pero intentaba que su hermano le confesara que él tampoco la soportaba. Andrés la respetaba demasiado. Cambiaba de tema cuando Luis hablaba de ella.

Una mañana, unos días antes de que Andrés cumpliera quince años, la abuela no se levantó a su hora. Se había puesto mala del estómago. A trancas y barrancas, llegaba al sillón y no tenía fuerzas suficientes para andar con su librito. Solo una cosa seguía haciendo: dar de comer al pájaro, que también empezaba a parecer enfermo. Un médico del barrio aconsejó que la llevaran al hospital pero ella no quiso. Por fin, días más tarde una ambulancia se la llevó.

Luisa se ocupaba durante casi todo el día de su madre y también pasaba las noches con ella en el hospital. Andrés recordaba aquellos días como los más felices junto a su padre que, torpemente, preparaba la comida para los tres y se ocupaba de las otras tareas de la casa. Nunca lo había hecho y esto daba lugar a torpezas graciosas. Con el ajetreo nadie, excepto Luis, se acordaba del cuervo. Cada día estaba más apagado porque no le estaban dando de comer.

Luisa llegaba por las mañanas con las noticias: la abuela empeoraba cada día. Los médicos habían diagnosticado una enfermedad no demasiado grave, pero su viejo cuerpo no era capaz de aprovechar el tratamiento.

A la noche, mientras cenaban, Luis les recordó que desde la marcha de la abuela no le habían dado de comer al cuervo. Rieron juntos. Rieron cruel y mezquinamente, inclinados sobre los platos de fabada de lata. Parecía la sentencia al puto cuervo.

Pero Luisa se dio cuenta y le puso de nuevo sus semillas, ante el fastidio disimulado de los tres. Entonces, justo al día siguiente, Luisa llegó muy contenta del hospital contando que la abuela estaba mejorando.

Esa tarde los chicos se quedaron solos en casa. Juan estaba en el trabajo y Luisa en el hospital. Andrés bajó corriendo de la azotea cuando oyó los gritos desesperados del cuervo, estridentes, agudos, insoportables. Luis estaba luchando con el animal en medio del pasillo. Este aleteaba, le destrozaba la ropa a picotazos y le clavaba las garras donde podía. Hasta que por fin Luis le sujetó la cabeza con una mano y atenazó el cuerpo del pájaro con el otro brazo. Le giró la cabeza varias vueltas y el animal continuó unos segundos aleteando sin control, ya mudo. Los hermanos, asustados,  sin decirse nada, recogieron el desorden. Había plumas negras por todas partes, algunas gotas de sangre en el suelo y varios adornos de loza destrozados por el piso. Andrés ayudó a su hermano a quitarse la camiseta rota y limpiarse las heridas de los picotazos.

Al rato sonó el teléfono gris. Los dos chicos se acercaron y Luis lo cogió. Al otro lado Luisa preguntó por papá. Le contestó que todavía no había llegado del trabajo. Luisa no pudo aguantar más y se echó a llorar. Luis agarró el teléfono con las dos manos, sin saber qué decir. Andrés pensó que ya nunca volvería  a jugar con su hermano porque había dejado de ser un niño.

Juan José Rodríguez Barrera

Muñecas de papel

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Pero es así; el ángel caído se convierte en pérfido demonio. Pero incluso ese enemigo de Dios y de los hombres tenía amigos y compañeros en su desolación; yo estoy completamente solo.

Mary Shelley

Hasta que llega el ataúd de pino, la soledad es la cama donde esperar la muerte. A veces, para algunos, un camino más que blanco, infinitamente aséptico y largo como la sed. Una autopista que se los va tragando hasta hacerlos invisibles. Nunca se sabe qué hay detrás, al otro lado. Ni siquiera se llega a conocer verdaderamente las paredes del cuarto propio, todas las grietas, cicatrices, los arañazos del tiempo en su piel. Del mismo modo, se vive ignorando casi todo de los cuerpos con los que nos tropezamos, incluso en los que se habita. Igual que la lengua es sólo un músculo que desconoce lo que dice.

Eran las tres de la madrugada cuando recibí la llamada de la policía. A pesar del susto debo decir que no fue del todo una sorpresa. Víctor F. había cambiado demasiado en los últimos meses. Apenas le veía ya. Ni yo ni creo que nadie. Menos aún desde que la editorial le permitió realizar todo el trabajo desde casa. Los vecinos no le conocían familia alguna. Alguien debía identificarlo, proporcionar, sobre todo, cierta información, y mi número estaba entre los primeros de su  agenda, simplemente. Ya en su piso todo fue rápido, apenas unas preguntas por su pasado y algún detalle de su vida actual. Aunque yo sabía bien poco.

El comisario y sus chicos llevaban allí unas cuantas horas estudiando la escena, pero sólo la autopsia podría desvelar la causa exacta de su muerte. Era evidente que había sido minuciosamente torturado. Desde las pestañas a cada una de sus uñas, todo había sido arrancado, golpeado, profanado. Además, un vaso y pastillas sobre la alfombra salpicada de semen, junto a cuchillas, hilo y un cenicero roto. Yo sólo pensaba en que a primera hora de la mañana debía tener mi mejor cara y la cabeza bien despejada para la asamblea trimestral. Pero, al llegar al coche tras despedirme de los agentes, algo me hizo permanecer en él esperando a verlos alejarse junto a la ambulancia avenida abajo, para penetrar entonces de nuevo en el edificio.

No es que estuviera impresionado aún por aquel cuerpo yerto, rígido, en off encontrado en mitad del salón y en el que ya sólo era posible adivinar una fisonomía conocida bajo la sangre reseca. Más bien era por algo nuevo, extraño, casi imperceptible, que me pareció haber visto en el piso. Por eso volví. Libros, carpetas, folios esparcidos por todos y cada uno de aquellos cincuenta y pocos metros componían el paisaje de su hábitat desde que lo conocí. Pero aquellos cachitos de papel aquí y allá, arrugados, apretados, que se asomaban desde debajo de algunos muebles despertaron mi curiosidad. Me sorprendió encontrarlos por todos lados, bajo la nevera, en el fondo de la tina, entre sus sábanas. Y al recogerlos y empezar a desenrollarlos uno a uno, vi que se trataba de recortables de cuerpos femeninos, otras veces sólo de fragmentos. Pude reconocer en ellos a alguna actriz, incluso a una  modelo, o algunos trocitos de éstas, pero la mayoría de aquellas figuritas eran copias de mujeres anónimas. Casi todas desnudas. Allá un pecho, en otro una pierna, en éste una oreja, aquí sólo un lunar. Hasta un ojo. No tendrían importancia unas bolitas de papel, pero me pareció peculiar.

Luego, sólo cuando apagué las luces y me disponía al fin a marcharme, reparé en que el ordenador aún estaba encendido. ¿En qué andabas trabajando…? Qué raro eso de llamarle ahora “amigo”, cuando ni en vida pudiera decirse que lo fuéramos. Miré tras la ventana mientras encendía un pitillo, pronto amanecería, un gato gris cruzaba la calle principal de aquel barrio tranquilo. Y a continuación, tras servirme una copa de coñac, me senté dispuesto a husmear entre sus archivos:

9 de septiembre, 2008

Ellas, en las que bebo, en las que incluso me derramo, no son más que nada. Ninguna mata este frío. Ni siquiera todas juntas pueden taponar el vacío que se abre en mi cama, que taladra mi pecho, por donde irremediablemente caigo, y me pierdo.

27 de octubre, 2008

Las teorías de ese tipo ruso me inquietan desde hace semanas. Apenas puedo dormir. Si el lenguaje creó otras esferas, otros espacios que sólo pueden verse con los ojos de las palabras, y si más tarde el invento del libro venció la limitación de la lengua al presente, cómo no ahora el mundo digital puede crear otros mundos…

15 de diciembre, 2008

¿Dónde está la realidad?  No existe ni el tiempo ni el espacio. Ya no hay límites. Si el hipertexto en el medio cibernético dialoga simultáneamente con otros múltiples textos, al tiempo de que es capaz de incorporar tablas, cuadros, imágenes… además permitiendo la reproducción infinita… Se abren, sin duda, insospechadas posibilidades.

7 de enero, 2009

Ella será la mujer perfecta, una nueva Eva para una nueva era. Para mí. Esto se acabará. Ya la toco con mis manos…

3 de marzo, 2009

Me estoy acercando. Hoy comienzo la labor de escaneado. La pantalla es una puerta al otro lado.

Pero no pude leer más que unas pocas líneas, justo hasta que una despampanante rubia se plantó de repente frente a mí, llegada desde no sé donde, como si se hubiera abierto la pared. Me miró unos segundos, rió escandalosamente haciendo gestos impúdicos y cuando pude reconocer en sus labios los de una actriz de moda, en el color de sus ojos los de aquella exótica modelo, en sus pechos los de la vecina del tres… ya había desaparecido tras un portazo. Salí al pasillo. Ni rastro. Se habría arrojado a las escaleras. Sólo la ventana entreabierta golpeaba. No tuve tiempo de comprobar nada, pues empecé a oír un abrir y cerrar desacompasado de roperillos y cajones en la casa, acompañado del descorrerse de armarios y cortinas, de la precipitación de libros y cedés de cada una de las baldas de las estanterías. Entré. Desde todos los rincones saltaban, brotaban, aparecían mujeres exactamente iguales a aquélla, que me miraban, y también se reían, mientras danzaban como locas…

Ignoro cuántas horas estuve corriendo. Primero creí que sólo había sido un mal sueño, que la noticia, la visión del muerto me había alterado, pero a los pocos días supe por la prensa cómo la policía había descubierto el cuerpo del solitario Víctor F. Aquella noche decenas de llamadas anónimas llegaron desde distintos puntos de la ciudad. Todas con una misma metálica voz de mujer.

El insomnio persiste a pesar de los meses de sanatorio y las tabletas de mirtazapina. El crimen sigue sin aclararse. Por eso temo quedarme dormido, que mi cuarto sea invadido por una jauría de muñecas de papel que intercambien mis brazos y piernas por los de cualquier muerto, mis uñas por las de una rata podrida o sustituyan mis ojos por los de un gato gris, mi pelo por un trozo de alfombra vieja y mi miembro por el cuerno de un unicornio.

Nayra Pérez Hernández

La (no) escritora

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Un día asqueroso, había tenido un día asqueroso; triste, rutinario y patético, en definitiva, un día lamentable. Cada vez odiaba más su inútil existencia. Realmente, lo odiaba todo: su trabajo de contable, su eterna soltería, sus inútiles masturbaciones, sus comidas bajas en calorías, los tíos feos que la abordaban en las fiestas, la visita semanal a sus padres, su timidez y, sobre todo, fumar cajetilla y media diaria de tabaco. Aún así, allí estaba, en su coche, encendiendo uno más, mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color. Y entonces ocurrió; en ese preciso instante. Giró la cabeza hacia la derecha y la vio, mirándola a través de la ventana.

Por la mañana llamó a la empresa para decir que no se sentía bien; quería tomarse el día libre. Se encontraba preparada para luchar contra su destino, escrito o no. Esta vez era diferente, lo había preparado todo con mucho mimo; ordenador encendido, silla cómoda, tabaco de sobra, café recién hecho, móvil desconectado y un argumento que peleaba por salir de su cabeza. Aun así, quería repasarlo una vez más: A Carlos lo habían trasladado hacía diez días a la nueva oficina. Esa mañana, al ir a desayunar a la cafetería de la esquina, pasó junto a una bonita casa en la que no había reparado los días anteriores. Al ver una de sus ventanas abiertas y, por mera curiosidad, miró hacía dentro y se sobresaltó. En el interior se encontraba una anciana que miraba fijamente hacia la calle; parecía que ni se había percatado de su paso junto a la ventana. Los días posteriores, Carlos estuvo observando el interior de la casa y, allí estaba, todos los días, sentada en la silla, mirando al exterior, como esperando que ocurriera algo o, quizás, que llegara alguien. Pasados unos días, Carlos decidió preguntar en la cafetería por la extraña anciana de la ventana. Allí todos conocían la historia. La anciana llevaba prácticamente toda su vida asomada a esa ventana. Desde que, apenas cumplidos los veinte años, el joven que la cortejaba cada tarde allí mismo fuera asesinado a golpes por su padre, debido una discusión acerca de ella, en el bar del pueblo. Y que éste, a su vez, muriera de un disparo efectuado por el padre del joven. Desde entonces, cada día, la anciana miraba a través de la ventana, como esperando algo, nadie sabía muy bien qué, porque nunca más había hablado. En ese momento, mientras encendía otro cigarrillo, mientras caminaba de un lado a otro del salón, mientras revisaba que todo estuviera preparado y mientras se hacía de noche, un escalofrío recorrió la totalidad de su cuerpo. Entonces, decidió repasar el argumento por última vez.

Su compañera le trajo el cortado de las nueve en punto de la mañana. Ella no había podido ir a buscarlo, estaba hasta arriba de trabajo. Su mesa, como siempre, limpia y ordenada, cada cosa en su sitio, a pesar de estar llena de carpetas de clientes, facturas de gastos y todo tipo de documentos contables. Tenía a su disposición todo lo necesario para su trabajo diario. Todo, excepto su cerebro. Su cerebro se quedó en casa, junto a la página en blanco, junto a las dudas, junto a los nervios, junto a los miedos, junto a la incapacidad de cumplir su sueño, junto a un buen argumento y junto a un título increíblemente genial: “La anciana que miraba a través de la ventana”.

Manolo Dauta Rijo

CONFUSIÓN

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-Ser gusano no es fácil –se dijo Chung Tzu. Uno tiene que estar siempre alerta para no ser presa de tanto pajarraco hambriento. Y luego las arañas, tejiendo su fina red por todas partes.

-Ser humano no es fácil –se dijo la mariposa. Estar atrapado en esta maraña de coches para poder llegar a la oficina, la calle tan llena de obras que ya no se sabe por dónde pisar y tener que soportar a tanto pico afilado durante ocho horas.

-Al fin y al cabo uno solo aspira a su trocito de planta y poder comer tranquilo sin que nadie lo moleste.

-Pero hay que aguantar para poder pagar la hipoteca y sobrevivir.

-Por suerte está el sueño de la crisálida y esperar la metamorfosis que me dé las alas para poder abandonar esta vida reptante.

-Algún día podré jubilarme y mandar todo al carajo.

-Me da un poco de miedo; quizás no sepa a dónde ir cuando pueda volar y seguramente acecharán nuevos peligros, las cosas no parecen ir mejor en el cielo.

-Tener que llegar a viejo para poder hacer lo que uno quiera…

Cuando Chung Tzu despertó, pensó que daba igual quién de los dos soñaba a quién.

Antonio Lino Rivero Chaparro.