La guagua

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Un cuento de Roberto Pérez:

La guagua

Sabrás que mañana, al despertar, volverás temprano a las cocheras. Entre colectores, pinzas de freno y válvulas de aceite preguntarás:

-¿Por qué no me hice guagüero?

Nadie responderá, como siempre. Solo olerá, profundamente, al aceite que lo pringa todo. Y en el fondo del taller, la guagua alemana, con motor Perkins del año 59, detenida. Era el amparo de todos los escaqueadores del taller. Contarás, una vez más, que aquel Diesel fue testigo silencioso de la desaparición de cinco personas en el túnel de La Laja. Allí hallaron el vehículo inmóvil y nadie en su interior. Nunca encontraron a los tres pasajeros que subieron a la guagua en el Hoyo, según los testigos, ni al chófer, ni al cobrador; solo aceite.

La estación de guaguas era un pedregal en aquel entonces y las guaguas se rompían como las BH (que se estropean en el primer bache). A la alemana le pusieron un motor Perkins, que salió de no se sabe dónde. Lo más curioso era que al jodío motor no le pasaba nada, pero no arrancaba.

A Felipe, le decían el guagüero, a pesar de que él era mecánico. Discutía con sus colegas siempre de lo mismo: a ver quién tenía más responsabilidad, si el conductor o el mecánico. Que si se quedaba dormido mataba a cuarenta personas y al otro no le pasaba nada, decían unos. Que si no lo engrasaban o no ponía bien la pieza, el vehículo no frenaba y se mataban todos, decían los otros. La cosa siempre iba de matar a alguien.

Felipe, lo que quería, era asustar a los compañeros para que no anduviesen por su guagua. Algo extraño pasaba en aquel lugar lleno de aceite, que lo atraía cuando estaba solo y ocioso. Y en el que oía voces que le decían:

-Cuando llegues a casa querrás matar a tu esposa por negarse a que compres la guagua. Recuerda cuánto  sacrificio te costó sacarte el carné de autobús. Y ahora solo eres un pobre aprietatuercas.

Entonces salía corriendo y se ocupaba de otro vehículo lejos de aquella extraña sensación. Pero, en el fondo del taller, el Perkins bien engrasado y la carrocería estarán allí porque sabían que volverás mañana.

Irás a tu casa y a tu mujer volverás a preguntarle:

 -¿Por qué no compramos la guagua?

Discutirás y sabrás que mañana, al despertar, retornarás temprano a las cocheras. Irás otra y otra vez al fondo. Tus jefes se han dado cuenta de que ya no eres el mecánico eficiente y trabajador que eras. Te dirán entonces  que tus servicios en la empresa ya no son requeridos y no vendrás más a las guaguas. Estarás despedido. En tu último día de trabajo irás de nuevo al jodido Perkins. Pensarás destrozarlo, cogerás el aceite rancio, quemado, más que escaldado y te asegurarás de que nunca funcionará,  pero esta vez funcionará.  No te lo esperarás. Estarás embobado. Estupefacto, te dejarás arrastrar por el sonido del Diesel hasta el mismo corazón de los engranajes.  El movimiento del pistón dentro del cilindro, bien engrasado, hará que tu mente se dispare y navegarás entre sábanas celestes exhalando suspiros almibarados mientras follas como un poseso. Pero eso será cuando vuelvas a casa, parado y en guagua.

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Llegarás a casa

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Un cuento de Pedro Lezcano Jaén:

Llegarás a casa

Viernes, 15: 30 horas: tomarás la línea 2 en la parada del mercado del Puerto, como haces cada día. Subirás los dos escalones precarios de la guagua y ficharás sin mirar, como siempre. Te volverás a sentir cansado, sudoroso, sucio tras horas de trabajo rutinario. Embadurnándote entre los pasajeros encontrarás tu sitio a mitad de pasillo, de pie, apoyado en el cristal. Con la mirada perdida en la calle soñarás con tu joven esposa, con tu ático en la Avenida Marítima; con los aromas del hogar. Recordarás tus años de soledad y te sentirás afortunado. Aunque te veas gordo y viejo, una mujer ha visto el valor que hay en ti; ella te dará su juventud, su amor, y tú se lo darás todo, todo. Divisando la Fuente Luminosa girarás sobre ti mismo, ya quedará poco. No verás a nadie entre tanta gente de brazos en alto, sus cuerpos inestables; solo querrás llegar y descansar; tendrás hambre y, con un breve cerrar de ojos, imaginarás tu plato sobre la mesa, te alcanzará incluso el aroma de los calamares en salsa de los viernes; cómo la quieres a tu mujercita, y cómo te gusta tu vida, a pesar de todo. Verás pasar el mosaico naranja de los Edificios Múltiples, y enseguida el Hotel Iberia. Estirarás entonces un brazo y hundirás el botón de próxima parada. Tomarás posición frente a la salida y se te harán eternos los minutos, pero te animará reconocer la marquesina que señala tu destino;  tus manos, aferradas a los tubos empezarán a ceder, inquietas.  Aspirarás el aire caliente de junio que se cuela por las ventanillas altas, y te volverás a agobiar, fatigado, estrecho. Personas sin rostro te manosearán, húmedas y derrotadas como tú, pero no verás a nadie; tampoco verás a un joven de camiseta blanca, con un enorme okey en el pecho y vaqueros roídos, que se te pega y te observa. Ni te extrañará que, aunque parezca querer bajarse en la misma parada que tú, no lo haga. La guagua reducirá con pena hasta el cero, las puertas se abrirán chillando y tú, bien situado, serás el primero. Apoyarás el pie izquierdo en el escalón y buscarás la acera con el otro; y en ese paso programado, notarás el pinchazo de la aguja en la nuca, pero seguirás calle arriba sin mirar atrás, sin buscar razón y sin notar que el tipo del okey te sigue mirando desde la guagua. El agotamiento será mayor, de pronto no te creerás capaz de alcanzar tu zaguán, tan fresquito, antesala de tu felicidad, pero continuarás, resistente como eres. Un calor ácido invadirá tus arterias desde tu cuello hacia el resto de tus extremidades; entonces bajarás la mirada a tus pies, incapaces, sin sombra, y a las baldosas agrietadas y resecas. Todas las cosas que deberían ser estables se agitarán, el árbol, el parque, tu edificio, tu propio cuerpo, tan pesado. Al fin caerás al suelo, como lo haría un cerdo cebado. No sentirás ya nada, ni el dolor. Sin consciencia, sin vida. Serás un grumo en la explanada, mojado y recalentado. Algunos te observarán con desdén al pasar, como se mira a un borracho exhalando su mona. Otros expresarán primero su pena y solo después su prisa. Pero alguien habrá que hincará sus rodillas y te palpe, y se alarme, y grite, y llame.

Mientras, a pocos metros pero en lo alto, con la salsa y los calamares fríos yo, satisfecha y en silencio, ensayaré mis lágrimas y mi angustia.

Suena el teléfono, empieza la función.